Tenía yo 14 años por aquel 6 de diciembre de 1978 en el que “la Consti” hizo su aparición en nuestras vidas.
La Consti llegaba un poco cansada debido a que desde el 1808 ya fue Napoleón quien propuso -con más pena que gloria- a los españoles una constitución afrancesada y que había sido aprobada por unas Cortes reducidas convocadas en territorio francés.
Desde entonces hasta 1978 fueron varios los proyectos y diversas las variedades de constitución aprobados y puestos en vigor durante algunos periodos de tiempo más o menos raquíticos y carentes de los apoyos necesarios que le permitieran mantenerse en vigor.
No obstante, la Consti que nos llegó en 1978, hizo su aparición mostrándose ante nosotros más fresca que nunca. Hay que decir que no fue fácil: hubo que esperar a que el dictador la espichase el 20 de noviembre del 75 y a que dos días después el Rey Juan Carlos I de Borbón tomase posesión en su cargo como Rey de España. El Juanca confirmó en su puesto como Presidente de Gobierno a Arias Navarro (el llorica que nos anunció la muerte de Franco), y obviamente, bajo su gobierno fue imposible cualquier tentativa de desmontar el régimen franquista. El tipo era demasiado sensible a las exigencias del búnker y demostró una clara incapacidad para enfrentarse a gravísimos problemas de orden público. La gente por aquel tiempo tenía la extraña necesidad de reunirse, manifestarse, crear partidos políticos y de expresarse dentro de un entorno democrático, a lo que el presidente respondía con la presencia de la policía armada que en más de una ocasión abatió a tiros a algunos de los que se atrevían a manifestarse y a hacer reclamaciones fuera del orden establecido. Malos rollos de este estilo provocaron un distanciamiento entre el Juanca y Arias Navarro, llevando a este último a su dimisión en el cargo de Presidente de Gobierno y a su sustitución en el mismo por Adolfo Suarez. Suarez, por su parte, se esmeró en mantener conversaciones con los líderes políticos y las fuerzas sociales que estaban relativamente “toleradas” por aquel entonces. Juntos trataron de instaurar un régimen democrático para lo cual elaboraron “La Ley para la reforma política” en la que se derogaba definitivamente el sistema político franquista y se añadía una convocatoria a elecciones democráticas.
Gracias a la citada ley, el 6 de diciembre de 1978 se aprueba en referéndum la Constitución española... la Consti.
La Consti cumplió ayer 31 años; ya es mayorcita. Aún y así... sigue siendo una chica difícil a la que no hay quien le meta mano. Me recuerda tremendamente a las compañeras de clase que compartieron aula conmigo y mis compañeros en esos 14 años que teníamos cuando ella nació. No se dejaban querer y hacían que nuestros rostros se poblasen de molestas espinillas. A día de hoy, la Consti sigue estando afectada por muchos de los traumas que padeció en su niñez y por ese nacimiento difícil que tuvo en plena transición española en la que, para qué negarlo, no se hizo limpio y muchos de sus mentores fueron, y siguen siendo inmovilistas disfrazados de demócratas, pero que en realidad no parecen dispuestos a ceder un ápice de terreno frente a los demócratas convencidos que siguen sin enterarse de qué lado les da el aire y continúan creyendo que democracia es: escoger cada cuatro años a uno u otro para que caliente una silla.
Nuestra democracia nació en un 15 de junio de 1977, es algo mayor que la Consti, apenas unos meses, y tampoco hay quien le meta mano a la condenada. Hay países como Suiza, en los que basta con que un grupo de ciudadanos se ponga de acuerdo y reúna 50.000 firmas para que una ley previamente aprobada por el parlamento, sea puesta en jaque y sometida a referéndum. Del mismo modo es posible solicitar enmiendas constitucionales para que otro grupo de ciudadanos, tras reunir 100.000 firmas, sometan a votación cualquier tema constitucional. Quizá por eso Suiza sea uno de los países más ricos y desarrollados del mundo, y eso teniendo en cuenta que personalmente me parecen aburridos ya que no saben más que fabricar chocolates y relojes, pero mira tú por donde... también saben tener democracias y constituciones flexibles que se dejan meter mano y que saben hacer disfrutar de ciertos privilegios a unos ciudadanos que sin duda, tienen una mayor madurez política que nosotros y un mejor conocimiento de cuales son sus derechos.
En fin... que dejando a un lado a la democracia nuestra, a la que hay que dar de comer a parte. Yo me llevaría a la Consti al cine a ver una de esas soporíferas películas de Antonioni y que tanto triunfaron entre los sectores progresistas setenteros, y aprovechando que esas películas se iban a ver “para eso”, deslizaría mi mano por entre su escote y le diría (como se les decía a las adolescentes en la época): “Tú relájate y disfruta”.
Efectivamente: “Es una lata el trabajar”. Ya lo decía el tristemente desaparecido Luis Aguilé que el pasado sábado 10 de Octubre se sumaba a la lista de famosos setenteros que nos han abandonado durante este año. Cabe recordar también al grandísimo José Luis López Vázquez, que merece una entrada para él sólo y que tarde o temprano caerá por este kiosko-blog.
Pero como decía... es una lata el trabajar, y más aún por estas fechas, y más aún siendo autónomo. Los autónomos somos una raza especial de criaturas autosuficientes e individualistas en la mayoría de los casos y olvidadas absolutamente por todos los gobiernos. Somos tierra de nadie y trabajadores libres, o como dicen los anglosajones, somos: “Freelance”; y no es por nada, pero los orígenes etimológicos de la palabra molan un güevo ya que al parecer, el término fue acuñado en 1819 por Sir Walker Scott en su romance histórico Ivanhoe para describir con él a los “guerreros medievales mercenarios” (Free- independiente, libre y lance- lanza). Un caballero que no servía a ningún señor y cuyos servicios podían ser alquilados por cualquiera. Por su parte, los japoneses también tienen acuñado un término para ellos: Ronin, y con el que definen a los samuráis errantes y sin amo.
Visto desde el punto de vista romántico y épico, ser un freelance, un ronin, un autónomo o lo que es lo mismo, un mercenario, es la hostia en patinete ya que nos convierte en personajes de leyenda de esos que acostumbran a tener pocos principios, pocos amigos y elevadas dosis de amoralidad. Somos seres libres, buscavidas, supervivientes natos, incansables luchadores al servicio de nosotros mismos y que ocasionalmente ponemos nuestro talento al servicio de alguna empresa que requiera de nuestras habilidades sin importarnos la causa. Vaya... putos sicarios en busca del mejor postor.
No obstante, aunque algo de eso hay, la realidad es bien distinta. Lo cierto es que somos las putas de la sociedad, pero con la diferencia de que damos cuentas al gobierno de nuestros ingresos y pagamos nuestros impuestos a cambio de bien poca, por no decir nula consideración. No podemos cometer la desfachatez de caer enfermos, tenemos que pagarnos nuestras propias vacaciones, sí queremos paga extra nos toca trabajar el doble, las horas extraordinarias corren de nuestra cuenta, no tenemos paro y difícilmente tenemos la menor opción de acceder a subvenciones, planes de ayuda y demás mierdas de esas que se nos prometen en las campañas electorales; sin ir más lejos, se nos prometen 400 euros del IRPF para luego decirnos que todo era broma, que estamos en crisis y que de lo dicho no hay nada. Afortunadamente, cuando se nos prometió, ya fuimos muchos los que no nos lo creímos. Y encima, ni nos manifestamos exigiendo derechos ya que la mayor parte del tiempo estamos trabajando y no tenemos tiempo que perder en según que memeces. La pregunta que nos hacen todos: “Compensa?”. Pues no sé a otros ya que cada mercenario o freelance o autónomo es distinto y está hecho de la leche que ha mamado, así que posiblemente no les compense a muchos y resulta imposible hablar por todos. Personalmente me compensa, ya que cuanto menos... soy libre para trabajar como un esclavo. Quizá influya también eso de que mi infancia transcurrió en la frontera con el Barrio Chino barcelonés y vi muy de cerca como las putas, las freelance o mercenarias del sexo, se abrían camino en una sociedad difícil y se hacían merecedoras de todos mis respetos. Por decirlo de alguna forma y tal y como sentenciaron “Las Vulpes” en un conocido tema de los ochenta: “Me gusta ser una zorra”.
Todo esto viene a cuento de que por estas fechas prenavideñas, a algunos nos toca trabajar mucho más de lo normal -cosa que no hay que desaprovechar en los tiempos que corren-, pero eso implica la posibilidad de dar pocos paseos con la familia y la de permitirse poco tiempo para el ocio en general. Por ello, mis visitas a blogs amigos y las actualizaciones del mío propio se han visto y se verán afectadas.
De todos modos estoy deseando ponerme al día con vuestras entradas en vuestros blogs que siempre me alegran la jornada, así como en la medida de lo posible, trataré de hacer alguna entradita en el mío para aquellos que mostráis un interés en este rincón ciberespacial, algo que nunca os podré agradecer lo suficiente.
Os dejo con este tema que Luis Aguilé interpretó al alimón con Fernando Esteso en 1976. Tiene sus cosas: una realización de Valerio Lazarov de esas que marcaron una época, y un humor algo rancio que marcó una época también, ya se sabe... el rollo setentero, es lo que tiene.
Os desea un feliz fin de semana El Kioskero del Antifaz, alias... el mercenario ;-)
Créditos de las imágenes: Bajadas de internet. Lamento no poder dar los nombres de los autores de los dibujos que he escogido para esta entrada pero no me ha sido posible encontrarlos.
Por estas fechas empezaban a llamar a las puertas de nuestras casas los diferentes responsables de toda una serie de servicios que se nos ofrecían durante las décadas de los 60 y de los 70. El motivo de su visita era el de cobrar el aguinaldo navideño, y a cambio de un duro o de diez pesetillas, nos hacían entrega de unas postales a través de las que nos deseaban unas felices pascuas y un próspero año nuevo.
El cartero, el sereno, el butanero, el barrendero, el recadero, el panadero, etc. No creo que hubiese una sola familia que no protestase ante el desfilar de toda esa cantidad de gente pidiendo en unos tiempos en los que se tenía muy poco de todo. Mi yaya Lola les sermoneaba cada vez que aparecían dando los buenos días con su fajito de postales en la mano, pero pese a ello, tampoco recuerdo que hubiese una sola vez en la que no les diese nada.
Esas postales, junto a las que mandaban el resto de familiares y amigos lucían junto al pesebre que construíamos en una de las estanterías del mueble del comedor; una buena ristra de postales de tonos pastel, algunas con purpurina, otras ilustradas por el gran Ferrandiz, etc. Todas ellas sujetas en una de esas guirnaldas navideñas brillantes que ribeteaba el estante y pegadas a ella con la cinta adhesiva del Tesafilm escolar que comprábamos en las papelerías con su pequeño portarrollos y todo.
Personalmente añoro la entrañable figura del sereno, personaje sin igual al que cada vez que olvidabas o perdías tus llaves, podías invocar a altas horas de la madrugada tocando palmas para cabreo de los vecinos que tuviesen el sueño más ligero. El sereno aparecía a tu lado como por arte de magia con un manojo de llaves, te abría el portal y te deseaba que pasases un buena noche. Recuerdo alguna ocasión (quizá sólo un par de ellas) en la que mi padre, mi madre y yo nos encontrábamos en la puerta de casa después de venir de cenar de casa de algunos tíos y esperábamos la aparición del sereno que nos salvaba de pasar una noche al raso.
Hay que recordar que en aquella época, las llaves de casa cabían en el llavero que generalmente nuestros padres siempre llevaban encima. La que no había forma de transportar debido a su gran tamaño, y por eso quedaba generalmente olvidada en casa, era la del portal; un pedazo de llave de hierro que pesaba un quintal y te arruinaba el bolsillo de los pantalones. Afortunadamente el sereno cargaba con todas las del barrio y solucionaba los despistes de cualquier familia, así como los de algún que otro putero que medio borracho acudía a casa después de correrse una buena juerga.
A medida que las llaves se fabricaron más pequeñas y empezaron a ocupar su espacio en los llaveros... el sereno desapareció para siempre.
También añoro la cantidad de postales de todos esos benefactores de barrio viejo, y por encima de todo las de los familiares que, en la mayoría de los casos, actualmente sustituimos por un simple correo electrónico o un SMS.
Cómo coño cuelgo eso en la guirnalda de mi pesebre?
Como decía Jaume Sisa: “Hay mujeres veneno, mujeres imán, hay mujeres de hielo y helado metal, hay mujeres consuelo y mujeres fatal”. Patty Pravo fue, y sigue siendo, todas esas mujeres en una; podríamos decir que reúne esas condiciones -y alguna más- desde su aparición en España en 1968, año en el que triunfó internacionalmente con su tema “La Bambola”, hasta la actualidad que sigue cosechando éxitos en la bella Italia.
En su adolescencia conoció al cardenal Angelo Roncalli que posteriormente se convertiría en el Papa Juan XXIII (Il Papa buono); un Papa que redujo el estilo de vida “a todo lujo” de muchos de los obispos y cardenales, así como mejoró las condiciones laborales de los trabajadores del Vaticano que por entonces contaban con muy pocos derechos. Quien al parecer fue elegido única y exclusivamente como un Papa de transición debido a su avanzada edad, se convirtió en uno de los más queridos por la gente y a la vez, uno de los más odiados por los mismos que le habían coronado. Teniendo eso en cuenta, no cabe duda de que debió de ser bueno, y es que como siempre... en todas partes hay alguien que merece la pena, incluso en el Vaticano.
No sé si fue gracias a que Patty Pravo fue tocada por esa mano “divina” o simplemente a que ella es divina de per se, pero el caso es que Patty me cautivó a mis cuatro años. Mi madre y yo cantábamos la canción de la Bambola mientras ella hacía sus quehaceres y yo jugaba por casa. Algo de Patty quedó en nosotros y su canción me trae recuerdos de todo tipo: olores a crema de caldo Avecrem y a limpia cristales Netol, sabores como el de la rebanada de pan Bimbo con Nocilla a la hora de la merienda y al chicle Bazoka con el que pasaba el resto de la tarde hasta la hora de la cena, pero por encima de todo me recuerda esos momentos vividos con mi madre, ella a lo suyo y yo a lo mío, pero ambos unidos por esa melodía que salía del aparato de radio que tarareábamos y con la que incluso, nos marcábamos unos pasos de baile cuando nos cruzábamos por el pasillo de casa.
Y como no, el recuerdo de Patty; Questa ragazza è un pezzo di donna!
De pequeños lo teníamos muy claro; reposábamos nuestro trasero sobre el suelo de sintasol de la habitación, escampábamos los moldes y utensilios varios de nuestro juego de plastelina y le dábamos forma a todo cuanto nos pasaba por la imaginación. Cualquier ser o cachivache fantástico que se colase durante un instante por nuestra mente terminaba “existiendo” entre nuestras manos y ante nuestros ojos de un modo casi mágico. Teníamos ese poder, esa capacidad todopoderosa de moldear a nuestro antojo cualquier sueño hasta llegar a convertirlo en una realidad palpable. Poseíamos la fuerza necesaria para sumergirnos en nuestro mundo interior hasta conseguir que éste terminase compartiendo espacio con nosotros en el suelo de sintasol y eso, nos parecía de lo más normal.
Luego, de mayores, la vida nos lleva de acá para allá, nos pone en situaciones complejas, absurdas, terribles, comprometidas... nos obliga a tomar decisiones difíciles e incluso, en ocasiones duras. La magia desaparece, la realidad se convierte en una masa informe de color gris similar a la pelota de plastelina en la que terminaban convertidos nuestros sueños cuando después de jugar un rato con ellos, los deshacíamos emborronando sus vivos y llamativos colores, pero nos daba igual, se trataba simplemente de un juego.
Es posible que hoy, una vez creciditos, le demos excesiva importancia a la bola gris. Es incluso probable que hayamos perdido esa capacidad todopoderosa de moldear nuestros sueños hasta convertirlos en realidades palpables. Quizá lo que sucede es que aprendimos muy poco de aquel niño que nos enseñó a utilizar nuestra imaginación, o puede que tan sólo... lo hayamos olvidado.
Desatender los consejos de viejos es de inconscientes, pero olvidar lo que nos pudo enseñar un niño... es imperdonable.
Créditos de las imágenes: .-1) Plastelina escolar. Colección particular. -2) Sueños palpables creados por niños del Esplai Natzaret.
Franco, Franco que tiene el culo blanco porque su mujer lo lava con Ariel. Doña Sofía lo lava con lejía y por eso el Rey se siente así de bien. Burro, zopenco, cabest...
Huys!... Sabrán perdonar, pero no estaba al tanto de la presencia de ningún lector en este blog y heteme aquí que me hallaba canturreando esa bonita cancioncilla que entonábamos de críos en el cole y con la melodía del Himno Nacional.
El motivo de tal alarde de virtuosismo musical por mi parte es debido a que hoy, día 20 de noviembre, tienen lugar la efeméride sin parangón del 34 aniversario de la muerte de Francisco Franco. Casi, casi hacemos bisagra y estamos a punto de cumplir la misma cantidad de años que él hombre se pasó gobernando este país a sus anchas y obligando a una gran cantidad de españoles a vivir con desmedidas estrecheces.
Todo empezó en el momento en el que hizo su aparición por televisión el por entonces Presidente de Gobierno Arias Navarro y con el rostro compungido y un profundo pesar nos comunicaba eso de: “Españoles... Franco, ha muerto”. A ello le siguieron unos interminables días en los que por los dos canales de televisión sólo se daba, como única programación, el desfilar constante de seres ante el féretro del dictador dándole su último adiós, imágenes alternadas con conciertos de música clásica. No recuerdo cuantos días fueron, pero para un forofo de los dibujos animados, como era mi caso, poner la tele y encontrar el cuerpo presente de “la momia” una y otra vez... se me hizo interminable.
Valga este video para recordar, en un día como el de hoy, aquellos momentos:
Aún nadie me ha sabido explicar cómo es que aquellos que tanto le querían, le enterraron bajo una losa de granito de cinco toneladas de peso. De qué tenían miedo?
Muchos lamentaron la muerte del dictador que mantuvo a España en una realidad paralela durante 36 años; una realidad que nada tenía que ver con la realidad que se vivía en el resto del mundo a todo nivel. Muchos fueron los que creyeron a pies juntillas en esa realidad impuesta y prefabricada y los que siguieron los designios del general Franco como si de palabra u obra divina se tratasen. También fueron muchos los que lamentaron que el dictador falleciese de muerte natural en su lecho y a los 83 años de edad. Hubiesen dado cualquier cosa por contemplar una muerte ejemplar y ejemplarizante como la de Mussolini, fusilado y posteriormente colgado públicamente por los pies junto a su esposa y otros afectos al régimen. Yo creo que tampoco fue tan natural una muerte en la que se trató de mantener vivo, a toda costa y contranatura, a un ser que bien hubiese podido dejar este mundo de un modo mucho más natural de no ser por la innumerable cantidad de intereses políticos de todos y cuantos se encontraban en su entorno. Sin olvidar lo humillante que no dejaba de ser que el “equipo médico habitual”, en los días anteriores al desenlace, nos retransmitiese a diario el parte médico en el que nos relataban que el general, “había amanecido envuelto de heces en forma de melena”. Sin duda alguna que si al tipo le hubiese quedado un mínimo de energía los últimos fusilamientos hubiesen sido los de los miembros de ese equipo médico que retransmitía semejantes partes al resto de la población.
La primera vez que escuché la frase que sirve como titular a esta entrada tenía yo 12 años. La pronunció mi abuela ese 20 de noviembre de 1975 tras enterarse, como el resto de españoles y del mundo entero, de la muerte del dictador.
Mi yaya Lola despidió a mi abuelo Justo el día en que este fue a la guerra a luchar en el bando republicano. Tiempo después recibió a un hombre herido; mi abuelo fue alcanzado por una bala en la Batalla del Ebro; el proyectil le atravesó el tobillo derecho y se le alojó en el izquierdo (que ya es mala leche), pero es que además de eso, mi yaya Lola, en la calle Salvà del Poble Sec, durante el año 36, a lo largo de todo lo que duró la guerra y también durante la postguerra, vio pasar a numerosos camiones cargados de hombres en dirección al Castillo de Montjuic. Instantes después escuchaba, a lo lejos, ráfagas de disparos, y no mucho más tarde veía como esos camiones volvían a pasar por delante de sus ojos, pero con la diferencia de que el camino de regreso lo hacían de vacío. Aquellas almas, aquellos hombres transportados por los camiones habían sido fusilados, asesinados. Muchos de ellos eran exiliados republicanos que habían huido a Francia después de la sangrienta contienda y que tras ser detenidos por la Gestapo fueron devueltos a España para ser sentenciados a muerte.
No pecaré de ingenuidad asegurando que eso sólo se daba en el bando nacional; sin ningún lugar a dudas, y respaldados por esa máxima que reza que “En el amor y en la guerra, todo está permitido” ambos bandos fueron desmedidamente sangrientos, y aquel que pueda abrir su armario y no lo encuentre lleno de cadáveres, que arroje la primera piedra.
Mi Barcelona fue bombardeada durante la contienda. Se trató de la primera gran ciudad con población civil bombardeada en la historia universal de la humanidad y de forma masiva durante tres años. Las aviaciones italiana y alemana la bombardearon durante cerca de doscientas veces causando entre 2.500 y 3.000 muertos. Estos ataques se prolongaron hasta el 25 de enero del 39, el mismo día que las tropas franquistas entraron paseando por la ciudad. Con la de cosas que tenemos los barceloneses y de las cuales podemos presumir... bien podríamos habernos ahorrado esa, pero Franco quiso dar un castigo ejemplar y esa fue una muestra. Mi yaya Lola, mi madre, que por aquellos tiempos contaba con cuatro añitos escasos, sus primos y todos los vecinos del Poble Sec, así como de otros barrios de la ciudad, debían echar a correr hacia los refugios antiaéreos cada vez que el aullido de los perros y las sirenas avisaban de un bombardeo inminente; por el camino, la presencia de algunos cuerpos sin vida daban testimonio de la tragedia del momento.
“Atenció, barcelonins! Hi ha perill de bombardeig, aneu amb calma i serenitat als vostres refugis, que la Generalitat de Catalunya vetlla per vosaltres”.
(“Atención barceloneses! Hay peligro de bombardeo, dirigiros con calma y serenidad a vuestros refugios, que la Generalitat de Catalunya vela por vosotros”).
En el huir constante y en ese trasiego de gente que se amontonaba en los refugios protegiéndose bajo colchones, algunos niños se escapaban y se subían a las azoteas para contemplar el espectáculo. Para ellos, en su inocencia, no dejaba de ser un juego.
Tras la guerra, y en el parte oficial que se dio el día 28 de marzo de 1939, se informaba de lo siguiente: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejercito rojo, las tropas nacionales han ocupado sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”. A lo que le siguieron los 36 años de dictadura militar a las órdenes y bajo el mando del señor Franco y que durante su largo mandato nos dejó algunas perlas tales como: el mensaje de su hija a los niños del mundo en el que él hacía el papel de ventrílocuo. Su discurso en inglés del que personalmente sólo entiendo un fragmento en el que dice: “this is agua”, y su último discurso a un mes escaso de su muerte y que dio como réplica a las represalias que el mundo entero le lanzó ante los últimos fusilamientos que ordenó a lo largo de un durísimo y lamentable 27 de septiembre de 1975 desatendiendo cualquier petición de clemencia. El siguiente video recoge dichas perlas, pero les añado la trascripción del discurso ya que debido al patético estado físico del tipo, apenas su palabras son entendibles:
“Todo lo que en España y Europa se ha armado obedece a una conspiración masónico-izquierdista, en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social, que si a nosotros nos honra, a ellos les envilece”
Ole sus huevos!... y se quedó tan pancho.
El NO-DO se encargó de mostrarnos una España idílica y de hacernos ver al dictador como al gran hombre que conseguiría el periodo de paz más largo en la historia de España. También muchos creyeron eso, se trató de los mismo que creyeron que en el país no había represión civil o ejecuciones, o que España no entró en la II Guerra Mundial gracias a una inteligente estrategia en la que el generalísimo le impuso a Adolf Hitler -su amigo- unas ambiciosas condiciones que el fhurer no tuvo más remedio que rechazar. No obstante, lo cierto fue que Franco, el amigo paleto de Hitler, le mandó a la División Azul, aproximadamente unos 40.000 españoles que partieron hacia Rusia y que lucharon en contra del comunismo al lado de las tropas nazis, y eso fue en el 41 y durante ese publicitado “periodo de paz”. Las consecuencias de esa decisión por parte del caudillo fueron nefastas tras la victoria de las fuerzas aliadas y la consiguiente derrota del eje. La URSS, Inglaterra y Estados Unidos se negaron a que España fuese admitida como miembro de las Naciones Unidas, Francia cerró la frontera con España en el 46, la ONU retiró a sus embajadores y expulsó a miembros españoles de los organismos internacionales, España fue excluida del Plan Marshall, etc. decisiones que sólo sirvieron para fortalecer aún más el régimen franquista y fomentar un exacerbado espíritu nacionalista en España.Que duda cabe de que esta podría ser una entrada interminable. Me he limitado a resaltar unos mínimos aspectos, casi anecdóticos de lo que fue un largo periodo de algo que forma parte de nuestra historia y de la cual, por más que a muchos les pese, algunos y a pesar de nuestra infancia propia de aquella época... tenemos memoria.
En cualquier caso, hoy nos gusta creer que somos libres. Quizá lo seamos aunque me declaro también agnóstico en eso. La libertad es algo mucho más grande que lo que se nos está dando, pero... quién sabe, igual algún día la consigamos.
Empezábamos esta semana con la noticia en prensa de que Ramoncín (que en su día fue el rey del pollo frito y que hoy se ha convertido en una caricatura de sí mismo), ordenaba mediante una orden judicial el cierre del canal que el semanario El Jueves tenía colgado en Youtube. El motivo era que habían algunos videos que satirizaban a su persona y a la cruzada que desde hace tiempo lleva emprendida “el rey” (risas), en contra de la piratería y de la utilización de su imagen para fines simplemente jocosos.
72 horas más tarde declaró que la cosa se fue de madre, que no pretendía el cierre del canal sino que tan solo pedía y sigue pidiendo la retirada de un par de los videos que el semanario tenía colgados en la red. Ante la retirada de la denuncia por parte... iba a escribir “del cantante”, pero me da cosilla llamarle cantante a alguien que vive de gestionar los derechos de discos que grabó en los ochenta y de esquivar tomates y demás hortalizas cada vez que trata de dar un concierto a día de hoy. Como decía, ante la retirada de la denuncia por parte del personaje en cuestión, Youtube devolvió la situación a la normalidad restableciendo el canal y devolviéndoles a los de El Jueves su espacio virtual.
Paralelamente ayer, los piratas somalíes liberaron a los pescadores del Alakrana a cambio de una cantidad de dinero que me niego a poner en este texto debido a que me duelen los dedos sólo de pensar en la posibilidad de teclear tanto número. El gobierno español no sólo ha pagado el rescate sino que además, no ha hecho como el gobierno francés que tras liberar a los suyos de manos de los secuestradores, bombardea a los piratas convirtiéndoles en alimento para los peces.
Es decir... que vivimos en un país en el que si pirateas con fines puramente lúdicos el trabajo de un seudo-autor, el peso de la ley cae sobre ti, hunde tu flota mediante recursos judiciales y tira por la borda el trabajo y el esfuerzo que hayas podido realizar durante años, y sin darle a todo ello la más mínima importancia. En cambio, si secuestras a una fragata cargada con 36 pescadores, les retienes atemorizados durante 47 días y amenazas con cortarles el gaznate, el gobierno te obsequia con una millonada de euros para que les liberes y sigas adelante en tu feliz viaje por los mares del sur, y quién sabe... en vista de lo bien que les salen las cosas, quizá con intenciones de secuestrar una nueva fragata y repetir la rentable operación. Y es que como con todo... hay piratas y piratas.
Hay que joderse! No sé que hacemos bajándonos música de internet para ahorrarnos unos eurillos en carísimos CD’s y para que no se forren cuatro autores que hace mil años que ni son autores ni son nada. Al parecer, lo que nos sugiere el gobierno de este país (dados los hechos), es que los piratas informáticos secuestren a esos autores y pidan a cambio una buena suma de dinero a cambio de su liberación; sin duda que la Carme Chacón accederá a pagar esos rescates y anunciará en rueda de prensa que los autores secuestrados “están bien” y que los piratas de contenidos están tratando con los negociadores su inminente puesta en libertad.
En caso de que dicha iniciativa tome cuerpo, me pido a Ramoncín para colgarle de los pulgares en el palo mayor de mi galeón. A Teddy Bautista y a Pilar Bardem os los dejo a vosotros, pero tampoco toméis medidas demasiado drásticas y no recurráis a la violencia ni a la agresividad física; nosotros, los piratas como Dios manda, simplemente queremos tocarles un poco las pelotas, pero ... sin acritud.
Que qué tiene que ver esta entrada con los años 70?... Nada.
Que por qué pongo hoy una entrada musical si resulta que no es viernes?... Pues porque hoy me apetece que escuchéis un tema de Ramoncin sin que os gastéis un duro por ello y porque estoy a la espera de que el gabinete de abogados del botarate ese caiga sobre mí, me cierre este blog y me ahorre el curro de tener que ir actualizándolo una media de tres veces por semana con un trabajo autoral por el que no cobro un jodido euro, pero que por otra parte... encantado estoy de que llegue a vosotros, gratis, y sin que tengáis que pagar nada por ello.
Ya de paso desde aquí, mi más sincero reconocimiento a todos cuantos os dedicáis a esto de hacer blogs y a brindar al mundo el fruto de vuestro esfuerzo de un modo desinteresado y con el único fin de comunicar, de hacer llegar contenidos, de dar a conocer vuestras inquietudes, relatos, opiniones, puntos de vista, etc. De compartir con una comunidad virtual mundial lo que os apetezca: textos, fotografías, dibujos, música, etc, y que no en pocas ocasiones son fruto de la propia creatividad de los bloggeros que por pura necesidad de expresarse se dedican a esto y sin exigir nada a cambio.
No sólo eso; lo cortés no quita lo valiente y somos muchos los que hacemos blogs “by the face” y que además, en nuestras vidas, nos ganamos el pan con trabajos creativos y para los que se requiere un cierto temperamento artístico. Creo, sin temor a equivocarme, que uno puede vivir del arte mientras se dedique a él, y que tampoco pasa absolutamente nada porque una buena parte de ese trabajo sirva para el disfrute de todos aunque no nos reporte, a los autores, ningún beneficio económico. Considero que los que tenemos el gran privilegio de ganarnos la vida haciendo lo que nos gusta y dando rienda suelta a nuestra creatividad en nuestro quehacer diario en lugar de estar picando piedra en una mina, trabajando en una fábrica o subidos a un andamio, tenemos esta obligación –casi moral- con el resto del mundo. Digamos que cosas así... entran en el sueldo.
A peseta se vendían las pistolas de agua en los kioskos de barrio. Una suerte de baratija kioskera creada en plástico inflado de diversos colores y con el más simple de los mecanismos: extraías el pitorro que hacía las veces de bocacha a través de la cual salía disparada el agua, la llenabas en el grifo de una fuente cercana, colocabas de nuevo el pitorro y no tenías más que apretar el plástico del que estaba compuesta la pistola para empezar a disfrutar de una guerra sin cuartel con los demás niños del barrio.
Las guerras de pistolas de agua sustituyeron durante un buen tiempo a las de piedras, y Los botiquines domésticos y el farmacéutico del barrio lo notaron debido a un increíble descenso en el consumo de mercromina y tiritas. Por otra parte, nosotros lamentábamos que las pistolas de agua, tan modernas e imprescindibles, causasen tan pocos daños; quieras que no... una brecha siempre era una brecha, y el valor de cualquier niño de barrio era proporcional a su número de cicatrices.
Llevar las modas de la calle a la escuela era algo muy común, de modo que las pistolas de agua de plástico inflado no tardaron en formar parte del diverso material bélico que se ocultaba en los cajones de nuestros pupitres: gomas de pollo y ganchos de cortina camuflados en papel; proyectiles realmente dañinos y altamente prohibidos en la escuela, pero ya se sabe que “a mayor prohibición... mayor munición”, tirachinas de plástico duro (inyectado) con canicas de piedra como los proyectiles más adecuados, y ya por fin... las maravillosas pistolillas que presuntamente, eran lo más inocuo de cuanto estaba compuesto nuestro arsenal, pero en aquellos momentos, lo más divertido.
Mis últimos años de EGB los hice en una escuela en la que estábamos separados en aulas distintas hasta séptimo de EGB, y a razón de 40 alumnos por clase. El disloque llegaba en octavo cuando nos juntaban a todos en una sola aula; es decir... a los 40 de séptimo A y a los 40 de séptimo B. Increíble, pero cierto. 80 energúmenos y energúmenas confinados en una aula en la que se suponía que debíamos preparar nuestro ingreso al bachillerato.
Ni que decir tiene que aquello era un desparrame constante en el que absolutamente en todas las clases reinaba la más pura anarquía a excepción de las clases de historia, impartidas por el señor Villa, y las de matemáticas por la señorita Isabel. Ambos eran temibles: el uno por su palmeta con la que repartía leches hasta el despellejamiento de las palmas de nuestras manos, la otra por sus manos llenas de anillos y pulseras con las que hostiaba sin la más mínima contemplación. En sus clases, pese a los 80 energúmenos hormonados que posábamos nuestros culos en los pupitres, reinaba el silencio sepulcral.
En el patio, y después de una clase de historia o de mates, nos desahogábamos con nuestras pistolas de agua. Lo poníamos todo perdido y quien más y quien menos empezaba la clase siguiente chorreando agua por todas partes. El suelo del patio quedaba absolutamente empapado hasta el punto de que en una ocasión, el señor Villa se resbaló y estuvo a un pelo de partirse la crisma. Ni que decir tiene que las guerras de pistolas de agua quedaron inmediatamente prohibidas, y eso... no sólo nos importaba más bien poco, sino que además, hacía de esas guerras algo más interesante ya que había que perpetrarlas en la clandestinidad.
80 alumnos, cerca de 40 éramos niños y el resto niñas. Ellas no cogieron una pistola de agua en la vida, pero no recuerdo que hubiese uno solo de nosotros, de los niños, que no andase con su pistolilla metida en algún bolsillo y dirigiéndose a los grifos del lavabo para recargar munición.
Pues bien... entre tanto pistolero suelto, al único que el señor Villa pilló con las manos en la masa fue a mí.
Allí estaba yo, llenando mi pistolilla en el grifo mientras silbaba la musiquilla de la serie de TV Jim West cuando noté una inquisidora mirada clavada en mi nuca, y allí estaba él, el señor Villa con los brazos en jarras, pero afortunadamente (pensé) desprovisto de su palmeta. No sé que fue peor, el señor Villa se acercó a mí con toda la disposición que muestra un toro de lidia cuando sale al ruedo, me soltó cuatro manotazos, dos de los cuales fui capaz de esquivar, pero me merendé el otro par que estallaron de lleno en mis mofletes. Hasta ahí bien, la cosa pudo haberse quedado en ese par de hostias y todos tan contentos, pero el señor Villa quería más. El tipo rondaba los sesenta años y su resbalón en el patio, aunque no fue grave, pudo haber traído consecuencias, y al parecer, yo me encargué de pagarlas en mis propias carnes. Un nuevo acercamiento del señor Villa me dejó acorralado en una esquina de los lavabos desde la que pude observar como su puño cerrado caía sobre mí dando lugar a la primera vez en mi vida... que me rompían la nariz.
La versión oficial, en casa, fue la de que me había caído jugando en el patio, pero ante el aspecto de mi nariz que quedó absolutamente doblada hacia la derecha, mis padres decidieron llevarme al médico.
Según el doc. El tiempo haría que mi nariz volviese por sí sola a su sitio, de lo contrario, una sencilla operación le devolvería su aspecto normal. En cualquier caso, pasé una buena temporada con la nariz torcida, con voz nasal, y teniendo que girar la cabeza cada vez que quería olisquear cualquier cosa.
Afortunadamente la vida puso en mi camino a buenos amigos. Recuerdo una tarde en la que José Collado y yo estábamos jugando en el patio, nos repartíamos galletazos y nos agarrábamos de las batas del cole para ver quién tiraba antes al suelo a quién; el típico juego similar al que practican los cachorros de león cuando se pelean entre ellos para de una manera indirecta poner en forma sus dotes de caza y de defensa; es decir, una pelea entre dos amigos sin mayor repercusión. El azar quiso que un tremendo cabezazo de Collado diese lugar a la segunda vez en mi vida... que me rompían la nariz.
El golpe devolvió la nariz a su lugar de origen.
Jamás le agradeceré lo suficiente a José Collado que me librase de pasar por un jodido quirófano.
Créditos de las imágenes: Pistolas de agua, colección particular.
El año 1975 fue quizá uno de los más representativos de la década de los 70.
Los que por entonces teníamos alrededor de unos 12 años disfrutábamos de un montón de cosas agradables; algunas de ellas se han ido mostrando en muchas de las entradas incluidas en este kiosko-blog, me refiero a las baratijas de kiosko, juguetes, chucherias varias, etc, pero además estábamos a punto de entrar en una dinámica en la que cada diá, en los telediarios de las dos únicas cadenas televisivas, se nos retransmitiría el parte médico sobre el estado de salud del caudillísimo Francisco Franco a cargo del “equipo médico habitual”. El hombre, aunque sobrevivió a lo indecible, estaba ahí dale que te pego echándole un pulso a la vida y firmando con mano temblorosa alguna que otra condena a muerte; eso se le dio fenomenalmente bien a lo largo de lo que fue su vida, y prueba de ello es el hecho de que continuó haciéndolo incluso estando muy cercano a su final. Algunos me sabrán perdonar si incluyo este episodio entre esas cosas agradables de lo que fue nuestra infancia, pero es que en las casas de muchos de nosotros, aunque con cierto miedo, eso se vivió como un acontecimiento digno de la más grande de las celebraciones.
Qué se puede esperar de una generación que se crió en senos familiares en los que se celebraba la enfermedad irreversible de un ser humano? Con el tiempo nos dimos cuenta de que quizá no era tan humano el tipo, entendimos un montón de cosas y comprendimos perfectamente esa alegría manifestada por nuestros padres que habían perdido a muchos de los suyos a manos del dictador. De algún modo, el tiempo hizo justicia; tarde como siempre, pero ya se sabe que en este país la ley siempre ha sido un poco lenta. Hasta la justicia divina lo es!!
Otra de las cosas agradables que sucedió durante ese año fue la participación en el festival de Eurovisión del dúo formado por Sergio y Estíbaliz. La pareja de cantantes se separaron del grupo Mocedades, sacaron sus dos primeros singels: “Búscame” y “Piel”, pero se presentaron al festival con el tema “Tu Volverás” consiguiendo un décimo puesto. Ese año el festival se celebró en Estocolmo, la ganadora de esa edición fue la cantante holandesa Tech In con un tema titulado “Ding-a-Dong” que posiblemente recordará muy poca gente, no así el tema de nuestros artistas que gozó de una aceptación excepcional en España y América Latina convirtiéndose en uno de los más vendidos durante ese año.
A mi padre le daba cierto mal rollo el título: “Está a punto de morirse Franco y ahora salen estos con una canción titulada ‘Tu Volverás’... Malditas las ganas!” exclamaba mientras que en el comedor de casa y frente al televisor les oíamos cantar el día de la gala.
El festival de Eurovisión de ese año tuvo lugar un 7 de abril y aunque no se pudo celebrar la victoria del dúo, nos agradó que el tema se convirtiese en un reconocido éxito. Para la otra celebración hubo que esperar un poco más, no fue hasta el 20 de noviembre de ese mismo año, pero bien es cierto que antes de su final y cada vez que el caudillo aparecía en su balcón y se dirigía a la multitud con sus gafas de sol y el tembleque de sus manos, ya no había miedo, al menos... no tanto.
Que por cierto... Nadie le dijo nunca a Sergio que cantaba fatal?
Los Kalkitos fueron una de mis grandes pasiones infantiles. Un invento que la división de papelería de la casa Gillete Española S.A repartió por todos los kioscos y papelerías a finales de los años 70.
Un fondo, un decorado desplegable en formato panorámico y una lámina llena de adhesivos que podías ir colocando aquí y allá del modo en que a cada crío se le antojase e imaginando así su propia historia. El funcionamiento era muy simple: desplegabas el fondo, colocabas la lámina con los adhesivos en el lugar en el que deseabas transferir uno de los personajes, y con el lápiz lo rascabas hasta que pasaba de la lámina al fondo. Había que tener cuidado y rascar bien ya que en no pocas ocasiones algún personaje quedaba desprovisto de alguna de sus extremidades!
Lo genial era tener temas de Kalkitos repetidos para poder añadirlos a tu diorama original y dotarlo de más entidad, pero evidentemente no era cuestión de abigarrar la escena y convertirla en algo incomprensible, así que los que sobraban y que no sabías donde meter... iban a parar a los carpesanos, las libretas, las paredes de la habitación, los cristales de las ventanas, etc, etc.
Los temas eran muy variados y habían para todos los gustos: desde fútbol hasta carreras de Fórmula 1, historias de batallas épicas, guerras medievales, napoleónicas o contemporáneas; sin dejar de lado, claro está, los personajes de las series que veíamos en televisión: El Gato Silvestre, Los Picapiedra, El Oso Yogui, etc, etc. Ni que decir tiene que estos últimos y los dedicados al Oeste... eran mis preferidos: Búfalo Bill, El General Custer, Pancho Villa, La Conquista del Oeste... una infinidad.
Con el paso del tiempo descubrí que la dinámica de los Kalkitos guardaba “cierto parecido” con el modo de hacer dibujos animados en el sistema clásico y tradicional; un decorado y sobre él, una sucesión de personajes en celuloide que eran filmados fotograma a fotograma. Quién sabe... quizá por eso me apasionó ese mundo y lo convertí en mi profesión desde hace ya casi 30 años.
Bien se podría decir que llevo toda mi vida jugando con los Kakitos ;-D
Créditos de las imágenes: Kalkitos "Búfalo Bill". Colección particular.
Cada año las campañas publicitarias televisivas de anuncios de juguetes empiezan a aparecer masivamente a mediados de octubre, sobretodo durante la programación matinal mientras los niños desayunan en casa antes de ir al cole.
Estás tomándote tu café con leche y las tostadas, con la mente en blanco (a esas horas no hay quien piense en nada... no hay capacidad para ello) y oyes como tus hijos van diciendo: “yo quiero este”, “me lo pido!”, “papá. Me lo traerán los reyes?”... Tu vas asintiendo con la cabeza, con los ojos semicerrados y tratando de entender cómo es posible que ellos tengan esa energía a unas horas de la mañana en las que tú no eres más que una piltrafa humana deseando que a medida que avance el día empieces lentamente a convertirte en persona.
De todos modos, y a pesar de ese estado catatónico matutino en el que los cuerpos están recién levantados de la cama, pero los cerebros permanecen aún dormidos, hay algo –que al menos a mi- no se me escapa. Imagino que será eso que llaman “deformación profesional” ya que por mi trabajo, me dediqué durante bastantes años a la publicidad, asistí a numerosas post-producciones de spots televisivos en los que había colaborado, y entre otras, mi función era la de supervisar las locuciones de los anuncios de la tele; eso que llaman “la voz en off” y que consiste en que una voz (obvio) va narrando y describiendo las virtudes de un producto a medida que las imágenes nos lo van mostrando.
Como digo, lo que a mi no se me escapa, es que “la voz” de la gran mayoría de anuncios de juguetes con los que somos acribillados cada mañana, pertenece al mismo tipo, al mismo locutor, y que no es otro –ni más ni menos- que Constantino Romero; el mismo que en las olimpiadas del 1992 de Barcelona, rogaba a los atletas que se bajasen del escenario en la ceremonia de clausura y ante la posibilidad de que este cediese debido al peso de todos cuantos andaban por ahí encima cantando el “amics per sempre naino, naino, naino-nai”, el mismo que dobla a Clint Eastwood en la versión española y que dice como nadie eso de: “Anda... alégrame el día”, y el mismo que ha presentado numerosos concursos televisivos y que en realidad, está en todas las salsas. Constantino Romero, un albaceteño que llegó un buen día a Barcelona, se quedó, y desde un estudio de grabación es capaz de llegar hasta nosotros a través de las voces de Arnold Schwarzenegger, del malo malísimo Darth Vader o de los colchones Lo Monaco.
Conocí personalmente a Constantino Romero, “Tino” (como le llaman afectuosamente en el ramo) cuando yo tenía 19 años. Por aquel entonces estaba trabajando en un estudio de publicidad colaborando en anuncios de televisión realizados en dibujos animados. Era una época gloriosa en la que se ganaba mucho dinero en ese negocio y en la que cualquiera que andase metido en publicidad podía llegar a cobrar unos sueldos que rondaban las 500.000 pesetas al mes; lo que ahora serían unos 3.000 euracos del ala. Yo tenía la mili pendiente y mi cabeza le daba vueltas a la idea de mantenerme como humorista gráfico, pero pese a ello, la publicidad me atraía, era un mundo en el que se podía aprender mucho y en el que era posible ganar un dinero que no venía mal. Yo tenía el privilegio de estar en un estudio en el que quien más y quien menos ganaba esos 3000 euracos, en el que me hacían trabajar más horas que a un reloj, en el que se me encargaban todo tipo de trabajos a horas intempestivas y en el que se me pagaban... 20.000 pesetas al mes (unos 120 euros...). Vamos, que no era yo que digamos un potentado, ya que por encima de todo mi trabajo consistía en preparar cafés y llevarles los almuerzos a los que en realidad, ganaban esa pasta gansa haciendo trabajos por los que yo hubiese dado un brazo. Eran animadores que daban vida a los personajes de los anuncios, se encargaban de realizar los decorados de las películas, de planificar y de organizar el Cristo que supone sacar adelante una mini producción de 20 segundos; en definitiva, un trabajo apasionante.
Durante algo más de tres largos meses estuvimos trabajando para una campaña de Cheetos compuesta de tres anuncios para varios de los productos: los ricitos, los torciditos y los bolitas. La cantidad de horas mensuales de trabajo de cuantos estábamos allí arrojaba una media de 17 horas diarias por persona, no es broma, trabajábamos día y noche, dormíamos escasamente tres o cuatro horas en una habitación del estudio en la que habían unas mantas y una moviola, mal comíamos, mal cenábamos, mal dormíamos, apenas nos aseábamos, pero todo esfuerzo era poco, los tres anuncios tenían que estar terminados en la fecha prevista o de lo contrario, la agencia podía poner una sanción económica al estudio y alguien podía quedarse sin sus 3000 euros; yo sin mis 120.
El trabajo contrarreloj, el agotamiento de todos y la necesidad de presentarse en el estudio de grabación con material bajo el brazo y completar la última etapa del proceso, hizo que por azar o mala leche, me tocase a mi personarme en el estudio y supervisar la post-producción de los tres anuncios.
—Yo? —Si tú. Toma este dinero y píllate un taxi cagando leches. Esto tiene que estar listo a mediodía. —Pero si yo... Ya sabré? —Tranquilo, mientras el actor haga la locución tu estarás en una cabina con unos cascos puestos. Lo único que tienes que hacer, en cuanto él termine, es mirarle sonriente y levantar tus pulgares como haciéndole saber que lo ha hecho de puta madre. —Y ... Ya está?... Y si no lo hace bien? —Si no lo hace bien estamos jodidos! No hay tiempo para cambios ni revisiones, el cliente nos meterá un paquete si no tiene esto sobre su mesa antes de comer, así que tú... levanta esos jodidos pulgares!
Con tres rollos de película en una bolsa del Spar y metido en un taxi, me dirigí hacia el estudio de grabación. Y al llegar... allí estaba el incombustible Constantino Romero.
—Hola hijo. Eres tú el director de todo esto? —La voz de Clint Eastwood se estaba dirigiendo a mi. Temía tener que mentirle, pero... igual desenfundaba su Mágnum 357 y hacía en mi pecho el agujero del tamaño de un puño. —Seeee... Si —le dije intentando transmitir convicción. —Pues vamos allá! Esto va a ser divertido! —dijo la voz.
Divertido? Yo andaba más perdido que Trazan en New York.
Los técnicos colocaron uno de los rollos de película en la moviola. Constantino se colocó frente a un atril y se puso los cascos, a mi me encerraron en la cabina de sonido familiarmente conocida como “la pecera” y junto a mi, un técnico manipulaba una mesa llena de botones, lucecitas, interruptores y palancas. Las luces de la sala descendieron su intensidad, un pequeño foco iluminó el atril en el que “Tino” tenía los papeles con el texto de su locución. La moviola comenzó a reproducir las imágenes del spot.
Yo tuve que darle la señal a Tino de cuando él tenía que inmortalizar con su voz aquel momento. Lo hice y... Eh!... lo hice bien. A la primera! Y Tino se arrancó con su portentosa voz y con su desbordante talento.
—Cheetos. Los masqueseros, más que buenos, más que divertidos!
Yo estaba pendiente mientras todos: Tino, técnicos y demás asistentes me miraban.
—Ya está? —pregunté. —Eso tú. Cómo lo has visto? Te parece bien? —me preguntó el técnico. —Eeehh... Si... No? —Si? —insistió.
Tino me miraba con las cejas levantadas por encima de sus gafas, su calva brillaba debido a la luz del pequeño foco, el bigote dibujaba una mueca torcida como de estar a la expectativa de mi decisión.
Le miré... le lancé una de mis mejores sonrisas, levanté mis pulgares y a partir de ahí una tensión que había reinado el ambiente durante breves minutos, se convirtió en alivio y en calma total. Era la primera vez en mi vida que yo tenía poder, la primera vez en la que bajo mi responsabilidad estaba el control absoluto de una situación, y animado por mi éxito estaba deseoso de continuar con aquello.
—Bien, perfecto! —dije, mientras que le impostaba cierta seguridad prepotente a mi voz—. Chicos... vamos a por los otros dos spots. —Los otros dos? —Preguntó Tino. —Si Tino —le respondí (ya éramos colegas, así que podía tratarle con familiaridad)–. Olvidas que eran tres rollos?
El técnico que me acompañaba en la pecera tapó sutilmente el micrófono de sus cascos con una de sus manos y se dirigió a mi.
—Esto... la locución es la misma para los tres. No es necesario grabar nada más, a menos, claro está, que consideres que este “take” no ha sido bueno —me aclaró.
Todo mi poder se vino abajo. Reaccioné rapidamente, como pude, tratando de enmendar mi error y de devolverme a mí mismo la autoridad que en un “plis” había tirado por tierra.
—Oh claro!... Perfecto Tino, perfecto! Todo ha salido perfecto! —mi sonrisa se quedó paralizada en mi rostro, una gota fría de sudor descendía por mi sien y mis pulgares se mantenían tiesos y petrificados. Creo que Tino pensó que tenía alguna enfermedad en los dedos, ya que desde ese momento hasta que se fue después de cobrar su talón de 150.000 pesetas, estuve levantándole los pulgares cada vez que me cruzaba con él.
150.000 pesetas, novecientos y pico euros por decir, en apenas unos segundos: “Cheetos. Los masqueseros, más que buenos, más que divertidos”. Yo había “dirigido” la locución de un tipo que había cobrado en esa sesión lo que yo tardaría en ganar en unos ocho meses de arduo trabajo.
Ese día aprendí que no porque a uno le pongan una gorra de plato se convierte en general. El poder es algo más sutil que todo eso y no siempre lo poseen aquellos que aparentamente lo ostentan.
Jodeeerr.....
Todo eso sucedió durante mi estancia en el Estudio Andreu de Barcelona. Un estudio especializado en dibujos animados y que fue de los más importantes en España en las décadas de los 70 y de los 80 desarrollando una importantísima tarea en el campo de la publicidad. Anuncios como los del Búlgaro de Cropán, los Phosquitos, los calzados deportivos Paredes, Lois Junior, los primeros Mister Proper, la ranita del Confidest, El Caserio, y un largo etcétera. El que les dejo como muestra se trata del spot de Pilé 43, realizado en Estudio Andreu y rebosante de estética setentera.
Créditos de las imágenes: Consistentes en bocetos realizados en Estudio Andreu para varias capañas publicitarias .-1) No lo recuerdo bien, pero creo que eran personajes para un spot de Cutex .-2) Fotografía de Constantino Romero bajada de Internet .-3) Cheetos, los masqueseros .-4) La ranita del test de embarazo Confidest .-5) El Caserio .-6) Mister Proper.
Las tardes de sábado eran realmente especiales porque después de comer, echaban “la película” de la tele, y las mejores tardes de sábado eran aquellas en las que la película... era de piratas.
Errol Flynn o Burt Lancaster con películas como “La hija del corsario verde” o “El temible burlón”. La célebre novela del escocés Robert Louis Stevenson titulada “La isla del tesoro” y llevada al cine en diferentes versiones. “La canción del pirata” de José de Espronceda que nos hacían estudiar en el colegio... todo apuntaba a que los piratas eran grandes aventureros con una reconocida amoralidad y unas dosis importantes de pillería y malas pulgas, pero aventureros al fin.
Todos deseábamos ser piratas y surcar los mares del Caribe a bordo de nuestros galeones cargados de balas de cañón, de barriles de ron y de ratas. Nos fabricábamos nuestras espadas de madera o comprábamos las de plástico que nos vendían en los kioscos, nos anudábamos un pañuelo en la cabeza y provistos de un parche para el ojo y de una bandera pirata, nos lanzábamos a la imaginaria aventura con nuestros amigos y con dos objetivos primordiales: encontrar el tesoro enterrado en una isla, o rescatar a una joven dama inglesa de las garras de un capitán de fragata inglés que se quería casar con ella, a la fuerza. Los piratas eran poco menos que unos pillos muy simpáticos, que aún y a pesar de andar todo el día medio borrachos y de pasar por la quilla a algún que otro europeo no perdían nunca su sentido del humor, sus ganas de juerga y su particular sex appeal.
Algo así debe seguir pensando de los piratas la ministra Carme Chacón cuando ayer, en rueda de prensa y después de que 36 marineros del atunero Alakrana llevan 37 días secuestrados y amenazados de muerte por piratas somalíes, nos decía que los marineros "están bien".
La ministra debe sentirse como la joven dama inglesa deseosa de caer en los brazos de su pirata que aunque sudoroso y algo zafio, despierte su desatada pasión. Al menos eso parecía desprenderse de esas declaraciones al respecto de que ante la humillante situación de secuestro y de amenaza, los pescadores del Alakrana “están bien”. Bien? Por qué?
Quizá porque las fragatas españolas Canarias y Méndez Núñez, así como el avión P-3 Orion andan vigilando la zona y tienen a los piratas bajo los puntos de mira de sus cañones. Quizá porque son muchos (cerca de una docena) los barcos secuestrados en la zona, más los que cayeron en sus manos con anterioridad y los piratas, a día de hoy, aún no han pasado por la quilla a ningún secuestrado. Probablemente porque los piratas, y debido a su fama de bravucones, no hablaron en serio cuando dijeron que iban a matar a tres de los secuestrados españoles y luego a tres más y así hasta el final, a menos que los dos piratas detenidos por las autoridades españolas no fueran puestos en libertad. O quizá simplemente por lo que dijo la ministra, porque los secuestrados... “están bien”. Tan bien como las familias de los mismos que escucharon –vía telefónica- como sus maridos, padres, hijos... les pedían ayuda con la voz ahogada en llanto, mientras que de fondo se escuchaba el sonido de fuego de los Kalashnikov y la explosión de alguna que otra granada. Claro que están bien, están viviendo una cojonuda aventura pirata como la que la ministra soñó con vivir algún día y bajo esa idea que aún conserva de que los piratas son como Burt Lancaster o Errol Flynn.
La Carme me cayó bien desde el principio a pesar de esa mierda de la “discriminación positiva” que no garantiza en absoluto que alguien tenga que valer para el cargo que se le otorga, pero me cayó bien porque formaba parte de esa idea del “talante” que contrastaba con la desmedida y dura actitud de la oposición. Quizá hay veces en las que es necesario dejar de lado el talante y tomar decisiones; decisiones de verdad.
Los que de niños jugábamos a piratas, a estas alturas andamos por los cuarenta y nos hemos dado cuenta de que las pelis, pelis son y de que la realidad supera a la ficción con creces. Espero por el bien de los secuestrados que la ministra haya crecido también y deje de jugar, ya que como decía Serrat: “no hay historia de piratas que tenga un final feliz”. Esperemos que éste, no sea para los 36 pescadores secuestrados, el final de esta historia.
Y como es viernes y toca música... ahí va un tema de piratas de 1981.
No podía sustituir a las interminables programaciones de cine de reestreno con su doble sesión ni a las series de la tele, pero el Bimbovisión era como poder llevar la magia del “cine” en la cartera del cole y nos permitía la posibilidad de cambiar cromos con el resto de los compañeros de clase. No había nadie que no los coleccionase y que no alucinase con el sencillo invento que estaba formado por un visor y una extensa colección de cromos en forma de diapositivas que versaban en torno a diferentes temas: animales salvajes, flores, monumentos, razas caninas, razas y tipos humanos, interpretes famosos, aviones y coches antiguos.
160 filminas, diapositivas o simplemente cromos que aparecían en los pastelitos de la casa Bimbo, los deliciosos Bony, Bucanero y Tigretón que nos pusieron el colesterol y los triglicéridos por las nubes a toda una generación a la que ahora, quieren obligarnos a hacer deporte y a consumir Danacol para bajar nuestros niveles de grasas saturadas en sangre. Con lo que nos costó taponar nuestras arterias! Con lo difícil que fue hincharnos de pastelitos hasta completar la colección! Ahora parece que si no estás bajo mínimos con eso del colesterol no eres nadie, pero... Quién en su sano juicio se negaba a sucumbir ante el placer de devorar uno de esos pastelitos? Quién hubiese completado su colección de diapositivas si hubiese estado obsesionado con la paparrucha esa de estar sano?
La cantinela en el patio o a la salida del cole era siempre la misma: “tengui, tengui, tengui, tengui, tengui... FALTIII!!” y así, intercambiando con los compañeros nuestras diapositivas repes éramos capaces de terminar la colección y conseguir el cromo número 22 de la carpobrotus acinaciformis, una planta rastrera perenne con flores de 8 a 10 centímetros que vive en las arenas y rocas del litoral y originaria de América del Sur. Todos sabíamos que ésa diapo era la número 22, pero ninguno la conocíamos por su nombre... “carpobrotus acinaciformis”... joder! O el número 101, el cromo de José María Iñigo presentador por aquellos tiempos del programa de televisión “Directísimo” y que un sábado por la noche nos trajo a aquel tipo llamado Uri Geller, capaz de doblar cucharas con el simple roce de las yemas de sus dedos, o de arreglarnos -vía ondas cósmicas- todos los relojes de casa. El 56 con las murallas de Ávila, el 60 el de la torre Eiffel, el 97 con los indios Urus, etc, etc...
Poner una diapositiva en la ranura del visor, enfocarlo hacia una luz y mirar a través del objetivo era toda una experiencia. Marcar en la agenda Bimbovisión los cromos que ya teníamos e ir descubriendo que cada vez quedaban menos para tener la colección completa, era una emoción tan indescriptible como la que nos produjo el momento de acercarnos a nuestro colmado con 10 pesetas en la mano y los envoltorios de 3 pastelitos que canjeamos por nuestro fantástico visor, y a ser posible el rojo que era el que figuraba en la caja. Algunos lo tenían en verde o en azul, pero molaban menos; los rojos... los que teníamos el visor rojo éramos los putos amos.
159 de 160... A día de hoy, en mi agenda Bimbovisión sigue faltando por marcar la diapositiva perteneciente al jodido número 140, un maldito avión Lockheed F-80 que jamás llegué a conseguir por más y más sesiones de “tengui, tengui, falti, tengui” que me marqué dentro y fuera de clase con los compañeros, en las calles del barrio con vecinos, en casa de mis tíos con mis primos, pero nada... todo fue inútil, el 140 se me resistió entonces y se me sigue resistiendo ahora, no hay forma humana de encontrarlo. El Vallcanera lo tenía y alguna vez me lo pasaba por delante de las narices, me lo mostraba y en tono guasón me canturreba: “Tengo el 140, ale, ale, ale, y tú nooo”. El Vallcanera era uno de mis mejores amigos, pero durante una buena temporada se estuvo jugando una brecha en la ceja por hacer el chorra de esa manera. Hay cosas... con las que no se juega.
Si alguien tiene el Lockheed F-80 de las narices y no le importa desprenderse de él que me lo haga saber. Se acerca Navidad y no estaría mal volver a creer un poco en la magia de los Reyes Magos.
Se lo voy a tener que pedir a Uri Geller?
Créditos de las imágenes: 1).- Publicidad de BIMBOVISION de una revista infantil de la época. 2 y 3).- Cromos y colección "casi" completa de BIMBOVISION. Colección particuar.
No hace demasiado tiempo que si les pedía a mis amistades y allegados las fotos del último acontecimiento en el que habíamos participado juntos, se organizaba una cena en casa de alguien, nos reuníamos y las contemplábamos en torno a una mesa repleta de exquisitos manjares regados con excelentes caldos (la cosecha de Atlanta siempre fue mi preferido).
Hoy, les pides las fotos a los colegas y te dicen: “Ah, las fotos... las tengo en el Facebook”.
Así que ni cena, ni caldos, ni reunión, ni tertulia, ni hostias.
Esa ha sido una de las razones por las que finalmente, me decidí a abrir una sucursal del kiosko en la jodida red social y poder compartir virtualmente, aquello que antes -a mi juicio- se compartía de un modo más ameno e interesante.
Adaptarse o morir!... es lo que hay ;-)
Sin duda que esto (como todo) también tendrá sus cosas buenas. Imagino que gracias al Facebook me reencontraré con gente con la que se perdió el contacto por aquellas cosas que pasan. Me servirá para encontrar alguna red o comunidad de frikis que compartan mi afición setentera y quien sabe, igual encuentro alguno de los objetos de la época que ando buscando y que no localizo ni en mercadillos ni en subastas.
De todos modos... pasé un buen rato de la tarde de ayer tratando de encontrar la verdadera y genuina utilidad de esto de las redes sociales, y sinceramente... a día de hoy me declaro escéptico con el tema. Quién sabe si el día de mañana el Facebook será mi nirvana, pero por el momento, si alguien asiduo a las redes sociales o simplemente, aquel que tenga una buena teoría al respecto y sepa de qué va todo esto; ruego por favor que la exponga, la comente y nos haga ver la luz a todos aquellos que estamos ciegos por nuestra propia ignorancia y que aún no le encontramos su cosa al invento.
En cualquier caso... el Kiosko está en la red social, por lo que pueda ser ;-)
Terminaron las vacaciones y tocaba incorporarse a un nuevo curso escolar, así que allí estábamos todos estrenando aula para el que iba a ser nuestro último año de permanencia en aquella escuela y pasar a lo que entonces se llamaba el BUP. Los pupitres revelaban el paso de anteriores alumnos que con las agujas del compás habían dejado sus nombres grabados y reseguidos con la tinta de los bolis Bic. También habían escritas algunas divertidas obscenidades y algún que otro apunte o fórmula matemática que tenía todas las pintas de ser alguna chuleta en vistas a un examen.
Aún no eran las nueve en punto de la mañana, la Señorita Isabel no había llegado todavía y algunos compañeros iban entrando y ocupando los sitios vacíos tratando de ponerse al lado de los que eran sus más afines. Cristina hizo su aparición en clase y pasó a acaparar la atención de cuantos allí estábamos. Durante ese verano entre séptimo de EGB y octavo, después de casi tres meses sin verla, había dado un cambio total. Siempre destacó por su naturalidad, desparpajo y saber estar, pero en esas vacaciones la naturaleza se había esmerado con ella moldeándola a conciencia.Las peculiaridades de la nueva aula ocuparon un segundo plano ante esa Cristina que en Julio se despidió de nosotros siendo una niña y que aparecía, ahora, convertida en una espléndida mujer. Cris, que así era como la llamábamos, era un pedazo de chica de quitarse el sombrero, y al parecer, eso no había afectado en absoluto a su simpatía y a esa manera que tenía tan particular de mostrarse amable con todo el mundo.
Sus amigas y compañeras que habían compartido con ella desde primero de EGB fueron las primeras en saludarla, en lanzarse a sus brazos y en mostrarse encantadísimas de volver a verla. Incluso alguna lágrima se derramó por parte de algunas que se sintieron súper emocionadas por el feliz reencuentro. Los tíos no llorábamos por eso. Nos alegraba reencontrarnos también, y nos dábamos collejas, empujones o lo que fuese necesario, pero... Llorar? Menuda mariconéz.
Con el paso de los días y del normal devenir del nuevo curso, las mismas amigas que se deshicieron en halagos ante lo hermosa que estaba Cristina, no tardaron en empezar a comentar por los rincones que al parecer, ese verano, la Cris... se lo había montado con más de uno en el pueblo de su madre. La Asun -su amiga del alma- llegó a decir que hasta había perdido la virginidad y que lo sabía de buena tinta ya que la propia Cris se lo había contado. Alguno preguntó que qué era eso de la virginidad, y como era de esperar en un cole de barrio, la respuesta no pudo ser más clara:
—Pues que se la han follado. Capullo!
El único pecado que cometió Cristina durante ese verano, lo que realmente sus amigas no le pudieron perdonar jamás, fue que les había tomado la delantera, y que mientras que ellas continuaban luciendo unas piernas escuálidas, unas formas rectas y unos pechos planos, Cristina mareaba con sus curvas incluso al “profe” de geografía del que todas, sin excepción, estaban loquitamente enamoradas.
Tal fue la propaganda a la que toda la clase fue sometida durante ese primer trimestre sobre los excesos que, al parecer, la Cris había cometido en el pueblo, que la falacia fue cobrando un incuestionable aspecto de realidad. La Cris se levantaba para tirar algo a la papelera y a la Asun le faltaba tiempo para llamar la atención de todos cuantos estaban sentados en los pupitres cercanos.
—Mirarla, mirarla como mueve el culo. Hay necesidad de exhibirse tanto? Ha vuelto hecha una puta!
Tanto se repitió que “la Cris va salida, la Cris va salida, la Cris va salida” que le cayó el apodo de “Crisálida”. No hay que decir que el primer golpe que recibió fue cuando se enteró de a cuento de qué se le había puesto ese mote. Recuerdo que rompió a llorar no entendiendo el motivo de semejante escarnio al que hasta ese día, ella había estado completamente ajena. Por fortuna, allí estaba Asun para consolarla y para decirle que no se preocupase y que quienes le decían eso lo hacían simplemente por envidia.
Tres pupitres por detrás se encontraba el Ortega. El pobre ya había sido un aspirante a gusano en quinto de EGB, en sexto se consolidó como tal. En séptimo fue un gusano profesional y en octavo le hubiesen podido llegar a dar un master. Su aspecto de macarra barato lo decía todo de él, y por lo que se ve, junto a sus secuaces había planeado calzarse a la Cris a lo largo de ese último curso en la escuela.
—A esta me la tiro yo por mis cojones.
—No hay huevos tío. Demasiado mujer para ti.
—Seeh, ya, pero... Qué no veis que es una guarra? A esta le entro bien y me la follo fijo.
Cristina, que ya era plenamente consciente de todo y cuanto se decía de ella, fue dejando poco a poco de ser esa chica tan extrovertida, se le agrió algo el carácter y empezó a desconfiar de todos en general. Alguna vez, no obstante, había conseguido hacerla reír con alguna de mis payasadas, y la clase, el patio, o la estancia en la que nos hallásemos, por amplia que fuese, se iluminaba con su amplia sonrisa y el brillo de sus ojos, pero... Asun seguía siendo su confesora, su paño de lágrimas y su hombro amigo sobre el que llorar; luego, le faltaba tiempo para largarles a los demás su maliciosa versión de todo cuanto su amiga le había confiado.
A los oídos de Ortega llegó el rumor de que si la Cris estaba triste, era porque se moría por sus huesos, pero que como él era el más chulo de la clase, lo más probable sería que no quisiese saber absolutamente nada de ella. Desde el día en que Ortega ante sus amigos sentenció cuales eran sus intenciones con respecto a Cris, que ya había dado algunos pasos tanteando el terreno, pero después de conocer esa noticia no le quedó la menor duda de que la chica andaba por él, pero que aún y a pesar de ser un zorrón no se atrevía a lanzarse de lleno.
—Claro —pensaría Ortega—. A lo mejor es que me ve demasiado hombre para ella.
Ortega se dispuso a cumplir con su objetivo convencido de su éxito y no dudando ni por un solo instante de sus posibilidades.
Una tarde, en el patio de la escuela, andábamos cada uno a la nuestra y en los grupitos habituales de siempre; el Vallcanera, el Boliche y yo nos encontrábamos sentados en nuestra esquina comiendo nuestro bocadillo y charlando de nuestras cosas. El resto de chicos jugaban a la pelota y las chicas aunque simpáticas en general, estaban deseando terminar octavo, pasar al instituto y tener la posibilidad de conocer a chicos mayores, nosotros empezábamos a ser poca cosa.
Al poco rato unas voces llamaron la atención de todos. Alguien estaba discutiendo cerca de la puerta de los lavabos y la cosa parecía ir en serio.
—Suéltame idiota! —Cris le gritaba a Ortega que la tenía cogida de uno de sus brazos.
—Pero que coño te pasa tía?
—Que me sueltes te digo! —insistía.
Sin soltarle el brazo Ortega levantó su puño por encima de su cabeza y lo descargó con todas sus fuerzas sobre el rostro de Cristina desarbolándola completamente y tirándola al suelo. Seguidamente se giro y se dirigió a los suyos, tieso y triunfante como si se hubiese tragado el palo de una escoba.
—Será puta la asquerosa esta? No te jode la tía? —iba diciendo con una media sonrisa en su cara mientras se acercaba a un puñado de espectadores satisfechos.
Ortega no consiguió su trofeo, pero aquella acción viril le hizo revalidar ante sus amigos el título de macho alfa.
—Haz algo tío —me dijo el boliche en voz baja y sin dejar de mirar como Cristina lloraba arrodillada en el patio.
Me levanté y me acerqué a ella. No sabía esa vez cómo podría arrancarle una sonrisa. El Ortega me daba absolutamente igual; ni me planteé encararme con él en ningún momento. Cristina estaba ahí y ninguna de sus amigas se acercaba ni a ver qué tal estaba.
—Y tú? Qué quieres tú? —me preguntó clavándome sus ojos llorosos—. Déjame en paz. Quieres?
El timbre anunció el final del patio y de regreso a clase algunas compañeras miraban a Cristina como pensando “Tía... no puedes andar calentando a un tío para luego nada”.
El paso del tiempo determinó que Cristina "crisálida" terminase convirtiéndose definitivamente en mariposa y tomando el control de una vida; su vida. Ortega, el gusano... no pasaría nunca de capullo y terminó ocupando durante una buena temporada una celda de la prisión Modelo de Barcelona por un largo sinfín de asuntos sucios. Pero en aquel momento y ante una compañera llorando en el suelo del patio de la escuela, nada pude hacer. Estaba de más mi actuación o la actuación de cualquiera en una España en la que aporrear a una mujer... tenía premio.
Me declaro enemigo absoluto de los chicles sin azúcar y con propiedades (que aún no sé de dónde sacan) capaces de limpiarnos los dientes mientras los masticamos. Detesto que hoy en día los anuncios de chicles sean más parecidos a los de pastas dentífricas que a otra cosa, y por encima de todo... odio; ODIO que desapareciese de nuestras vidas el único e inimitable chicle Cosmos.
No dejaba de ser inquietante la idea de meterse en la boca un chicle de color negro, pero su prolongado sabor a regaliz nos transportaba al infinito del infinito. Nadie nos contó nunca de qué estaba hecho ese chicle, cuáles eran sus ingredientes principales ni su cantidad de calorías, azúcares, grasas saturadas, etc. Los jarabes de glucosa y los aromas y colorantes autorizados nos sonaban bien e ignorábamos que eran los E-XXX. Por aquel tiempo los productos no llevaban DNI y era imposible saber poco más que de dónde venían.
El caso de los cosmos era claro; venían de una empresa llamada “Chicles americanos” afincada en Pinto (MadriZ), y tal como llegaron del espacio sideral, un buen día y para desgracia de todos... se fueron. Trágico.
A los adultos de hoy nos han quitado “los chuches”! y tenemos que soportar el ver como nuestros hijos consumen (casi como quien dice) productos de farmacia.
Quiero un Chicle Cosmos, y lo quiero... Ya!
Nota: El señor del video que parece que está tratando de sacar un demonio del interior del cuerpo de ese niño... reconozco que me da cierto miedo. Eso de que se declare tan "amigo de los niños" y de que se lleve tan bien con los curas... además, seguro que nos terminará por dar cualquier cosa, pero no “los chuches”; esos se los quedará para él como irremediablemente hacen todos.
En Barcelona, durante los sesenta y en mi piso de la calle Salvà del Poble Sec, no teníamos un mal lavabo en el que desahogar nuestros cuerpos con una comodidad medio decente. En su lugar había un pequeño cobertizo afuera, en el balcón, y con una letrina compuesta de una tabla de madera con un agujero sobre el que uno podía sentarse y deshacerse de sus “interioridades” para posteriormente perderlas de vista a base de cubos de agua. Acudir a ese cobertizo en invierno significaba terminar con el culo congelado, mientras que en verano, una cantidad de indescriptibles malos olores podían hacerte perder el sentido como no andases ligero en hacer tus necesidades. Los esfuerzos de mi bisabuela Rosario para mantener limpio todo aquello eran indescriptibles, pero las condiciones insalubres siempre terminaban ganando la batalla. Todo eso provocó que “aliviarse” siempre fuese sinónimo de tener que ir con prisas y de que yo estuviese a punto de perderme una de las cosas más maravillosas de la infancia de cualquier niño de aquella época: la lectura y relectura por una y mil veces de los tebeos al tiempo que nuestras cachas reposaban sobre una hermosa, blanca y reluciente taza de váter.
Mucho se ha escrito y se ha dicho al respecto de que los tebeos han sido los que han creado generaciones de lectores; ya saben: “Se empieza por tebeos y se termina leyendo libros”. No voy a quitarle gran parte de verdad a tal afirmación, pero yo... que sé de que hablo... creo que lo que en mayor medida ha contribuido a que existan lectores, han sido sin duda, los cómodos váteres.
Leer en una acogedora sala de estar, sentado o semitumbado sobre un sofá y con una iluminación adecuada, es... contrariamente a lo que se piensa, un modo erróneo de enfrentarse a la lectura. Pregúntense a ustedes mismos cuántas veces no se han encontrado releyendo por segunda vez un párrafo entero, o más de dos o tres páginas debido a que tanta comodidad se les ha llevado el santo al cielo, han perdido el hilo de la lectura y sus mentes se han distraído con los problemas acontecidos durante la jornada.
Eso jamás sucede en un váter ya que allí lo que se produce no es otra cosa que una combinación místico-metafísica provocada por un fenómeno al que podríamos denominar de “expulsión / imbución” en virtud del cual la excreción de algo material y sucio, deja espacio y cabida para algo espiritual, limpio y en un estado puro. Se trata de un proceso filosófico comparable a los fundamentos más profundos del taoísmo encontrados en la representación gráfica del Yin y el Yang como su esencia. Por decirlo de otro modo: sería como si la mierda –porque no tiene otro nombre-, transmigrase hacia un macrocosmos universal para terminar convertida en conocimiento. Un final feliz para nuestros excrementos y una experiencia verdaderamente religiosa.
No se dejen engañar, ir a cagar es ir a enriquecerse y a crecer como persona. Nuestras heces son el abono que dan como fruto nuestro conocimiento y nuestra sabiduría.
Indudablemente uno de los días más felices de mi vida fue aquel en el que mi Yaya Lola y mi padre, se pusieron de acuerdo para hacer obras en casa y llamar a unos albañiles para que construyesen un lavabo. Derribaron el cobertizo del balcón y le restaron algo de espacio a la cocina para crear un pequeño cubículo en el que instalar una pica, un armario tipo romy, un mini plato de ducha y un inodoro. Se termino eso de lavarse las manos y los dientes en la pica de fregar platos, asearse adoptando difíciles posturas en el interior de un balde y desenjabonarse a cubetazos de agua calentada en los fogones de la cocina, pero por encima de todo... se terminó el rollo de poner el culo al aire ante las inclemencias del tiempo y con ello, llegó la posibilidad de leer compulsivamente todo cuanto caía en mis manos gracias a disponer en casa del lugar ideal, único e inmejorable para tal fin: un váter en condiciones y con una taza de la casa Roca, blanca, brillante, con una tapa en color verde claro sobre la que se me dormirían una y otra vez las piernas de los interminables ratos que invertí en esa época en la que justamente estaba aprendiendo a leer.
Poco más tarde, en 1969, llegó una gran novedad a los hogares de los privilegiados del barrio que teníamos un váter en el que pasarnos las horas. Se trataba ni más ni menos que del papel higiénico “El Elefante”, con su celofán de color amarillo y ese elefante rojo diseñado por el gran pintor Manuel Marcos. Limpiarse el culo con semejante invento era como quitarle el barniz a una puerta, pero contribuyó al crecimiento personal ya que a partir de ese momento ya no sólo era leer, yo podía encerrarme en el lavabo y aprovechando la fuerte textura de ese papel... podía escribir e incluso dibujar en él.
Parece mentira que hoy en día, si un cuarto de baño no tiene bañera con jacuzzi, nos parece que ni es cuarto de baño ni es nada. Que blandos nos hemos vuelto!
Seguidamente os paso un enlace a un relato que ya tiene algunos añitos y que gira en torno a una experiencia también mística relacionada con este tema escatológico, pero a la vez tan hermoso como el de la mierda en sí. Lo escribí en una época en la que en mi estudio no se hablaba de nada más... cosas que pasan. Os sugiero no leerlo ni antes ni después de las comidas... estáis avisados, y a continuación,que ustedes la caguen bien pinchando aquí. (Sugerencia del autor: Imprimir el relato y leerlo comodamente, como no... en el excusado).
Créditos de las imágenes: 1).- Papel"El Elefante" de 1969. Colección Particular. 2).- Ilustración: Sergi Càmara.
Debería tener yo unos seis años cuando mi yaya Lola se hizo testigo de Jehová; siempre he dicho que quería con locura a mi yaya Lola... nunca que fuese perfecta.
Los viernes, debido a que mis padres trabajaban hasta bien entrada la noche, mi yaya Lola me llevaba con ella a las reuniones en el Salón del Reino y allí pasábamos la tarde. Al parecer, yo daba bastante guerra mientras que los siervos discurseaban sus sermones, de modo que mi yaya tuvo la brillante idea de comprarme cada viernes, una bolsita de caramelos Sugus. Era un modo como otro de tenerme entretenido... supongo.
Siempre me fascinaron esos caramelos blanditos, paralelepípedos, perfectamente envueltos con doble papel: uno que contenía la marca y el sabor, así como su color correspondiente, y otro de color blanco que protegía a la viciosa chuche del calor. Lo mejor de lo mejor, lo más de lo más... era desenvolver uno de cada sabor: fresa, naranja, limón, piña, cereza y hacer con ellos una torre para meterla toda entera en el interior de la boca. Sin duda se trataba del súmmum extremo y mi expresión así lo describía: los carrillos hinchados y llenos de caramelos, la sublime explosión de todos los distintos sabores, los ojos en blanco y ligeramente entornados, la babilla resbalando por la comisura de los labios...
Viéndome esa cara, muchos de los allí congregados bien podían llegar a pensar que la palabra de Jehová estaba entrando y calando hondo en mi, pero... nada más lejos de la realidad. Se trataba de la casa chocolatera suiza Suchard la que verdaderamente me estaba haciendo tocar el cielo y convirtiéndome en un fiel adepto de los placeres más extremos.
Los dejaron de fabricar durante un tiempo, pero irremediablemente volvieron... será por algo. Los caminos de Suchard son inescrutables...
Una celda en una cárcel no se trata de un lugar en el que uno deba pasar una temporadita de su vida a pan y agua por si acaso algún día comete un delito. A uno le meten a la sombra después de haber sido imputado como presunto culpable de algo, y después de haber demostrado su culpabilidad en un juicio, pero nunca antes, no sin haber sido previamente detenido, se le hayan leído sus derechos y se le haya juzgado.
No obstante, y pese a esta obviedad, existe en nuestra sociedad un punto extraño, un agujero negro anacrónico que nos condena a todos los ciudadanos a cumplir una pena preventiva, tanto si delinquimos, como si no.
Me explico: Hace poco que muchos regresamos de nuestras vacaciones y decidimos volcar nuestras fotos de viaje a un disco duro, grabarlas en un CD, llevarlas con nosotros en un Pen-Drive, e incluso imprimir algunas con nuestras impresoras. Me refiero a NUESTRAS FOTOS, cada uno las nuestras, las que tomamos con nuestras cámaras y de las que somos autores, pero por las que no percibiremos ningún beneficio recaudado por ninguna entidad gestora de derechos de autor; al contrario... por cada cámara digital que hayamos comprado, CD, Pen-Drive, disco duro, impresora, etc, lo que estaremos haciendo será pagar el canon a la SGAE, y eso, no es más que un castigo preventivo que nos impone dicha entidad, una condena por un delito que no hemos cometido, pero por el que aún y así... pagamos. No vaya a ser que con nuestra cámara se nos ocurra filmar algún fragmento de película en la que salga Pilar Bardem, o que en nuestro pen-drive llevemos música descargada de internet, o que con nuestra impresora nos imprimamos material protegido, o que llenemos nuestro disco duro de películas descargadas de la mula.
Vale, pero... Y si no lo hacemos? Aún somos muchos a los que si nos gusta una película preferimos comprar una copia original que una del top manta, y tampoco somos pocos los que gracias a descargarnos música de forma “ilegal” hemos terminando descubriendo a artistas que nos han encantado y de los cuales hemos comprado sus CD’s originales. Del mismo modo si vamos a hacer un regalo a alguien y optamos por música no se nos ocurre regalar un CD grabado en plan casero con una carátula escaneada, si optamos por un libro no nos presentamos con un ejemplar fotocopiado y grapado, o en el caso de querer regalar una película no mandamos vía e-mail un enlace con un texto que diga: “Mira colega; en el día de tu cumpleaños te mando este link para que te mires tal película del Cine Tube. Regalazo Eh???”. Vamos, que no somos tan cutres.
Ya no voy ni a entrar en el caso de los que realizamos algún tipo de trabajo autoral y por el que la gran mayoría de las veces no percibimos derechos de autor, pero a los que nuestros editores nos piden que las entregas de dichos trabajos las hagamos en CD’s, Pen-Drives, o que las subamos a servidores FTP; por todo eso también pagamos el canon de la SGAE y ahí ya no es sólo que se nos haga pagar por un delito que probablemente no vayamos a cometer jamás, ahí directamente y sin paños calientes lo que la SGAE está haciendo es robarnos nuestros derechos de autor además de hacernos pagar -vía canon de rigor- para dárselos a otros autores que probablemente lo sean mucho menos que nosotros. Cuanto tiempo llevan muchos de los de la SGAE sin dar un palo al agua? Quien ha oído hablar del último disco de Teddy Bautista, entre muchos otros?
Hoy es viernes y toca música, así que os dejo con un tema de Ramoncín del año 1978. El que fue durante 20 años miembro activo de SGAE y se dejó el alma en la lucha a favor del canon digital y en esa supuesta defensa por los derechos de autor, es ahora un indiscutible ídolo de mesas... no, no hay ningún error, he escrito bien: de “mesas”, ídolo de “mesas” ya que lo suyo es sentarse de tertuliano en alguna mesa de algún plató, opinar sobre el tema que sea y eso si... cobrar por todo. Antes cantaba, pero de eso... ya nadie se acuerda.
Nice weekend Friends ;-)
Pdt - Quedan dos cosas pendientes; a saber: contaros cómo pirateábamos música en los setenta, que tiene su tela, y una anécdota personal que tuve con Ramoncín en 1984, en Madrid.
Hablar de un coche a mediados de los sesenta o principios de los setenta significaba hablar de libertad, de categoría y de prestigio social.
Para la gran mayoría de familias de aquellos tiempos, un coche significaba el fruto de mucho esfuerzo y el tedioso pago de numerosísimas letras seguidas de una dolorosa entrada previa de unas 2.500 o 3.000 pesetas, o bien la posibilidad de que te tocase en suerte uniendo los vales de cartón que aparecían en el detergente AJAX y que te ofrecían la posibilidad de conseguir uno “por la cara”. No conozco a nadie que consiguiese un coche por ese procedimiento, aunque recuerdo que cuando mi yaya Lola llegaba de la compra, vaciábamos el polvo del detergente en una bolsa y nos afanábamos en la búsqueda del codiciado vale de cartón. Siempre aparecía uno, pero casualmente pertenecía a la parte trasera o delantera del vehículo y nunca, jamás de los jamases conseguimos encontrar el vale correspondiente a la parte central que nos permitiese completar el puzzle.
Una mañana de verano de 1968, mi padre me despertó y me pidió que le acompañase a dar una vuelta. Recuerdo que me sorprendió ya que eso solíamos hacerlo los domingos, y aunque no era domingo, tampoco recuerdo que día era. El caso es que mi madre me puso como un pincel y papá y yo salimos a dar un paseo. Entramos en un concesionario SEAT y nos metimos en un coche mientras que un tipo le daba a mi padre todo tipo de explicaciones. Papá le dio media vueltilla a la llave de contacto y salimos del concesionario con un SEAT 850 Especial de color verde botella. Yo miraba hacia atrás tratando de ver si el señor que nos había explicado tantas cosas corría detrás nuestro para recuperar el coche, pero lejos de eso, aquel caballero me saludaba con la mano y con una amplia sonrisa.
—Papá... este coche es nuestro? —Si cariño. Qué te parece? —WooOOoow...
A partir de ahí, desde el momento en el que un coche pasaba a formar parte de la familia, todo el universo giraba en torno a él: papá pasaba las noches asomado al balcón y vigilando que nadie le hiciese nada al recién llegado utilitario, la yaya Lola se ponía como loca a coser cojines de ganchillo y mamá se recorría las tiendas en busca de elementos para personalizarlo y hacerlo único y exclusivo.
Recuerdan? Seguidamente enumeraré algunos de los más característicos, pero seguro que la lista se podría ampliar muchísimo:
La correa del mareo: Todos los críos nos mareábamos en el interior de aquellos vehículos que alcanzaban la astronómica velocidad de 125 kilómetros por hora (en bajada) y que tomaban las curvas como si se tratasen de auténticas naves del espacio. Las biodraminas hacían su efecto, pero un día se pusieron de moda unas extrañas correas de goma que se colgaban del parachoques trasero y que supuestamente hacían auténticos milagros. Papá compraba una harto ya de pasarse el viaje diciéndonos “mira a la carretera. Tú mira a la carretera y verás como así no te mareas”, hasta que al final no quedaba más remedio que detener el coche en la cuneta para que potásemos y nos quedásemos a gusto. Por suerte, llegaba un fin de semana en el que salíamos con el coche y como no... con la correa del mareo colocada. Se le atribuían poderes mágicos a ese pedazo de goma diciendo, entre otras cosas, que por el hecho de ir arrastrándose por el asfalto transmitían unas cargas de electricidad estática al interior del vehículo que propiciaban un viaje feliz y placentero. Lo cierto es que pasadas unas cuantas curvas nuestros rostros palidecían y había que parar en una cuneta para vomitar ante la atónita mirada de papá que no daba crédito.
—Pero coño! —exclamaba—. Si llevamos la correa del mareo!!
El perro mueve cabeza: Auténticos engendros de plástico duro o cartón piedra que de un modo realista y con pelo, simulaban ser un perro situado en la parte trasera del vehículo y que con el movimiento del coche realizaban un sinuoso vaivén con sus cabezas. Un portento de gadget fruto de la elucubración de alguna mente enferma y que se comercializó con enorme éxito en aquella época. Yo recuerdo que me ponía de rodillas sobre el asiento trasero del coche, apoyaba mi cabeza entre mis brazos cruzados sobre el respaldo y era capaz de contemplar durante horas a aquel “bicho” como si se tratase de un pez en el interior de una pecera. Todo eso dio lugar a alguna que otra pesadilla y a suplicarles a mis padres que por favor, quitasen a ese monstruo del coche.
Las pegatinas en los cristales: Las familias motorizadas tomaban rumbo a algún merendero situado en plena montaña, comían paella, bebían vino con gaseosa y mirindas, y al terminar el día se les compraba un Chupa Chup a los críos y el dueño del lugar obsequiaba a nuestros padres con una pegatina del merendero para que la enganchase en el interior del cristal del coche. Por una parte implicaba publicidad para el local, por otra parte era como ir por la carretera diciéndoles a los demás dueños de vehículos: “Yo estuve allí”. Distintas pegatinas, pero con idéntica intención te daban si pasabas un domingo en algún parador nacional o lugar turístico, así como si asistías a alguna feria de productos hortícolas o de buscadores de setas. El caso es que las lunas laterales y traseras de los coches quedaban llenas de pegatinas que nos impedían contemplar el paisaje y no nos quedaba otra opción que la de ir leyendo los tebeos de la Pantera Rosa y como consecuencia... pillarnos un buen mareo.
El papá no corras: A veces papá se libraba de mamá, de la abuela y de nosotros y emprendía un viaje en solitario hacia algún lugar. No obstante, allí estaban nuestras fotos para recordarle que le queríamos, que le echábamos de menos y que no corriese demasiado para evitar tener accidentes. Los salpicaderos de la gran mayoría de coches lucían unos rectángulos de madera o aluminio forrados de escai que se sujetaban por medio de un imán y en el que aparecían los caretos de los miembros de la familia sobre la frase “Papá no corras” en letras metálicas. Vamos, una pieza super fashion de la muerte que posiblemente también motivó alguna pesadilla a más de uno.
Las hierbitas secas en el salpicadero: No sé si antes existía el pino aromático que ahora llevan los taxistas colgado del retrovisor y que desprende un “posible” buen olor que mezclado con el pestazo a sudor de tanta gente que entra y sale y de los aromas de los diversos perfumes, se acaba convirtiendo en algo nauseabundo, pero antes, en lugar de esos ambientadores artificiales se utilizaban auténticos remedios naturales.
Mientras papá buscaba caracoles por entre medio de las malas hierbas de la cuneta nosotros pillábamos un palo, y a modo de espada pirata terminábamos con una legión de enemigos imaginarios. Entre tanto, mamá y la yaya se dedicaban a recoger ramitas de romero o de tomillo que acababan colocadas en los armarios de casa y en el salpicadero del coche. A mí siempre me recordó al olor de la botica del pueblo.
Los cojines de ganchillo: Otra suerte de gadget que era una mezcla de horterismo e inutilidad a partes iguales. Se colocaba en la parte trasera del vehículo junto al perro mueve cabeza y servía única y exclusivamente para demostrar que las abuelas se entretenían en casa encantadas en decorar los coches de sus yernos. Los había de todo tipo, pero predominaban los motivos florales con unas pedazo floripondias enormes y los escudos de los equipos de fútbol. Nosotros creíamos que aquello debía tener alguna utilidad específica, así que tras una dura jornada de trajín en el campo, nos metíamos en el coche de camino a casa, nos entraba el sueño y agarrábamos el cojín para echarnos una siesta, pero no...
—Deja el cojín en su sitio! Con lo que has sudado hoy todo el día... Qué quieres? Llenarlo de porquería?
... definitivamente, no servían para nada.
Ah!... en la época se comercializó una pegatina especial para todo aquel conductor que no disponía de un cojín de ganchillo y que decía: “A mí también me están haciendo uno”.
Los colgantes de los retrovisores: Posiblemente se trata de un gadget automovilístico que perdurará por los siglos de los siglos, siguen siendo de uso obligado en el interior de cualquier vehículo que se precie y no han perdido su vigencia y rabiosa actualidad con el paso de los años. Los modelos fueron, son y serán de lo más variado y recorren todos los espectros estéticos. Algunos son discretos, simples elementos de decoración casi subliminal que pueden llegar a pasar desapercibidos. Por el contrario, otros... además de ser horteras y de tamaño XXL, obligan a los conductores a adoptar difíciles posturas con sus cabezas para poder ver la carretera a través de esos colgantes que ocupan prácticamente toda la luna delantera.
El de la foto corresponde al que se utilizó en el SEAT 850 de mi padre del año 1968. Representa la figura del Manelic; personaje central de la obra Terra Baixa del dramaturgo catalán Àngel Guimerà. El pobre está absolutamente descolorido y estropeado por el sol español que nos acompañó a lo largo de tantos y tantos kilómetros recorridos a través de nuestra geografía, pero ahí sigue, a sus 41 años y como si nada. Actualmente forma parte de mi colección de recuerdos setenteros y goza de un lugar privilegiado en una de mis vitrinas.
Total... que la moda de tunear coches parece que sea de ahora, pero al lado de nuestros padres, madres y abuelas, los tuneadores modernos son unos auténticos aficionados ;-)
Créditos de las imágenes: 1).- SEAT 850 de mi padre. En la foto aparecemos mi madre y yo en un desayuno de camino a alguna parte. 2).- Cartel publicitario de los 70 con el infalible SEAT 850. 3, 4, 5, y 6).- Imágenes bajadas de internet y debidamente tuneadas para la ocasión. 7).- El Manelic de mi viejo SEAT 850 que colgó durante años de su retrovisor, así como de los siguientes coches que tuvo mi padre. Colección particular.
En este mes de octubre se cumplen los 130 años del nacimiento de Joe Hill; músico y sindicalista norteamericano que fue condenado y ejecutado tras un controvertido juicio en el que se le acusó de asesinato. Sin duda se trató de un tipo molesto en una época en la que se dedicó a organizar a los trabajadores en sindicatos y utilizó la música como modo de lucha y propagación de reivindicaciones políticas y sociales. A partir de Joe Hill nació la canción protesta que en España tuvo su máxima representación durante las décadas de los sesenta y los setenta.
Lo cierto es que el debate sobre si los artistas –de cualquier especialidad- deben o no comprometerse política o socialmente, ha estado abierto desde que el primer cavernícola pintó en su cueva una escena de caza utilizando la sangre de un venado, carbón vegetal y resina como primigenios materiales pictóricos.
Es indudable que el artista comprometido ha sido en muchas ocasiones la voz de una parte del pueblo que ha necesitado verse representado en determinados momentos políticos en los que las libertades han sido tan nulas como excesivas las injusticias. Por otra parte no pocos artistas en su coherencia de asumir su compromiso hasta el final, se las han visto ante sus verdugos y han sido ejecutados por el único delito de alzar la voz expresando un modo de pensar distinto al impuesto.
Pero como es obvio, todo compromiso tiene unas reglas, y de ahí que hay quien opine que un artista no debe comprometerse con nada más que con su arte y sólo en base a él ganarse al público; más que nada porque los tiempos hacen que las personas evolucionen en sus ideologías y en sus planteamientos, y a veces puede parecer que ciertos compromisos políticos no sean más que una forma de oportunismo para sacar a flote carreras artísticas actuando en pro o en contra de determinados regímenes o de ciertas causas que favorecen que el artista en cuestión se haga notar.
A todo esto... el pasado viernes andaba buscando algún tema de Victor Manuel para realizar una entrada musical. El cantautor asturiano me gustó bastante durante una época en la que las cintas de cassette de muchos artistas “comprometidos” llenaban mi Telefunken; a destacar algunos de la Nova Cançó catalana y en especial Joan Manuel Serrat, vecino de mi querido Poble Sec y al que algún día dedicaré una entrada.
Pues bien, la verdad es que Victor Manuel me tuvo con la mosca detrás de la oreja por el hecho de haberse declarado siempre tan comunista y por incurrir en el mundo del cine español como productor; ante lo cual uno piensa: “Bieeen... por fin alguien le quitará caspa al cine español y tras el reinado de Ozores y Frade se dedicará a hacer cine ‘comprometido’que al menos podrá tener un cierto interés”. Y va el tío y se pone a producir una película en la que la protagonista es Isabel Pantoja “Yo soy esa (1990)” y su subsiguiente secuela; es decir... de lo más casposo que ha parido el cine español y de manos de un “comprometido” que demostró serlo con su bolsillo como bien lo certificó en cierta ocasión cuando se le preguntó (con mala leche y mucho infortunio) que por qué no repartía sus beneficios con los pobres. Su respuesta fue tan estúpida como la pregunta, acuñando la frase histórica de: “Soy comunista, no soy gilipollas”; o en otras palabras: repartir los beneficios con los pobres... es de gilipollas.
Lo peor de todo es que ahondando en la vida del artista para dedicarle mi entrada del pasado viernes, me encontré con un documento antológico; un tema que compuso y que grabó en 1964 titulado “Un gran hombre”, dedicado ni más ni menos que...a Francisco Franco y en honor a la celebración de los primeros XXV años de dictadura.
Me quedé a cuadros. Al parecer el artista negó siempre este hecho en su vida hasta que finalmente, en una entrevista a “La Voz de Galicia” en diciembre del 2007, declaró que dicho episodio en su vida fue algo así como un pecado de juventud.
La verdad es que estuve a punto de mandar al pedo la entrada dedicada a Víctor Manuel; es más, en realidad lo hice y en su lugar le di paso otra cosa, pero tras darle vueltas al tema durante un par de días debo reconocer que Víctor Manuel no deja de ser un icono de la época, y de que su abuelo picador no tiene ninguna culpa de que le haya salido un nieto de un rojo más desteñido que el traje del payaso de Micolor.
Mi afición por el lejano Oeste se manifestó en mí cuando yo era un crío con tres años recién cumplidos. Poca influencia ejercieron las películas del Far west, las novelas de Zane Gray o de Marcial Lafuente Estefanía, ya que por aquel entonces, yo no iba al cine, no teníamos tele en casa, ni leía novelas. Imagino que sencillamente, el espíritu errante de algún vaquero perdido en el limbo entró en mí un buen día, me poseyó y me convirtió en un precoz aspirante a forajido.
Cuenta la leyenda, que durante la navidad del 67, mis padres y los de mi vecino Alberto, se pusieron de acuerdo para celebrar juntos el día de reyes. La idea era festejarlo un año en casa de unos y al siguiente en la de otros, y el motivo era por una pura cuestión “de bulto” ya que al parecer ninguna de las dos familias disponía de posibles como para llenar el comedor de regalos para sus respectivos cachorros humanos, de modo que se les ocurrió reunirnos a los dos críos en una cena conjunta en casa de la familia de Alberto ese primer año, pasar la noche juntos, y mientras nosotros dormíamos como benditos, nuestros progenitores dispondrían los escasos juguetes por el comedor para que al día siguiente, al despertar, no se apreciase esa expresión de frustración en nuestras caras al encontrar un simple par de paquetes envueltos; veríamos cuatro, la frustración vendría luego cuando nos tratasen de hacer entender que dos paquetes eran para Alberto y dos para mí.
La casa de Alberto era un entorno extraño. Se trataba de un piso idéntico al mío, pero al revés y con distintos muebles. Mi piso era el 2º 2ª y el suyo el 2º 1ª del mismo inmueble. Mi balcón daba a un patio interior, el suyo a la calle. Yo entraba en mi casa, atravesaba el recibidor, recorría el pasillo y llegaba al comedor para finalmente salir al balcón, y ese recorrido lo hacía dirigiéndome hacia mi izquierda. En casa de Alberto era lo mismo, sólo que había que dirigirse hacia la derecha. Por el camino me encontraba con la cortina que estaba situada en el mismo lugar que la de mi casa, pero que era de un color y un estampado distinto, como el sofá, la mesa, las sillas, etc. De verdad... daba mal rollo. Era como entrar en tu casa y encontrarla habitada por personas que aunque conocidas, habían cambiado las cosas de sitio y de dirección. Sin duda algo extraño que con tres años me costaba procesar y que indudablemente algún psicólogo me sonsacará un día de estos y a partir de lo cual generará una teoría en torno a algún posible trauma.
Llegó la mañana y Alberto y yo nos despertamos, pusimos nuestros pies descalzos en el suelo y fuimos a por nuestros juguetes con esa alegría desbordante y típica ante la incertidumbre de saber si los reyes se habían leído la carta, o si para variar... habían traído lo que les había dado la gana. Alberto salió primero, atravesó la puerta de su habitación y giró hacia su derecha, hacia el comedor; lugar en el que sin duda se hallaban los paquetes. Yo tras él, pero tal y como hubiese sido lo normal en mi casa me dirigí hacia mi izquierda topando con esa cortina situada cerca del recibidor, pero que no era del color de la mía. Fue algo así como un shock; me desperté de golpe, reaccioné, giré sobre mis pies y enfilé a toda velocidad por el interminable pasillo temiendo que al llegar, Alberto ya hubiese abierto todos los paquetes arruinándome cualquier posibilidad de sorpresa.
Los cuatro paquetes estaban allí, y los cuatro adultos expectantes y observando por primera vez en nuestras caras una expresión de niños de la más alta burguesía catalana ante tanto bulto. Cuatro paquetes de morirse! Bien envueltos con papeles de colores y rodeados de un par de tremendas bolsas de chuches. Había hasta de ese carbón de azúcar, que aunque arruinó mi dentadura para los restos, se trató de mi primer vicio manifiesto y uno de los muchos que aún mantengo.
Alberto, que había tomado una ligera ventaja y que era un año mayor que yo, empezó por los dos más grandes. Sus padres le arrebataron uno de los paquetes de sus apresuradas manos y me lo cedieron a mí pese a su cara de pocos amigos. En el suelo sentados, al lado de una estufa de gas butano, Alberto y yo empezamos a deshacer los paquetes; él más pendiente de qué contenían los míos, y yo interesado por saber qué había en los suyos.
Por fin, Alberto extrajo una caja de uno de ellos; se trataba de un traje de futbolista del Real Club Deportivo Español. Su padre, su tía y su abuela eran hinchas indiscutibles del equipo, posteriormente Alberto también lo fue, hasta el punto en que era de esos que cuando el Español perdía un partido le entraban todos los males y era mejor mantenerse a distancia ya que descargaba su furia ante el primero que se cruzase por delante de sus narices. Alberto siempre quiso ser portero del Español desde esa tierna infancia y desde esos cuatro años en los que ya sus ojos se llenaron de felicidad ante aquella caja rectangular y grandota que contenía una camiseta blanquiazul, un pantalón corto, unas rodilleras y unas botas de fútbol.
Reconozco que miré aquel regalo con indiferencia, pero mi paquete, también rectangular y grandote me hizo pensar lo peor. Aún no había sido capaz de desenvolverlo y ya empecé a hacer pucheros temiendo que en su interior me pudiese encontrar con un traje de futbolista. Y encima... con lo que me estaba costando abrirlo. Para qué? Tanto esfuerzo para nada? En primer lugar ya era alérgico al fútbol a los tres años, y si una cosa tenía clara era la de que yo no iba a salir a la calle a jugar con mis amigos vestido de futbolista por más que eso molase en el barrio.
Mi madre me echó un mano con ese papel de regalo y lentamente pude extraer la caja de su interior... Wow! Al parecer los reyes de Oriente conocían los gustos de todos y a mí me trajeron un precioso fuerte del Oeste con su torre de vigía, su bandera, casitas y soldados de plástico. Creo recordar que no era de la casa COMANSI, posiblemente se trataría de alguna marca desconocida, pero el fuerte era chulísimo y de madera de la buena.
Alberto estaba boquiabierto contemplando mi regalo mientras que con ambas manos sujetaba su caja con el equipo del Español. Era tan impresionante mi fuerte que olvidó por completo su segundo paquete. Yo en cambio, empecé a pelear con esos malditos embalajes de papel y cintas de colores para conseguir desentramar el misterio y averiguar que contenía mi segunda caja. Una caja bastante grande y cuadrada que aunque pesaba poco era difícil de manejar.
Oh Señor!... Enseguida que vi los dibujos de la caja, una vez extraída de tan complicado envoltorio, intuí que sus majestades habían metido la pata hasta el fondo. Claro, demasiados niños en el barrio, así que era fácil que esa caja en la que aparecían dibujados unos niños jugando al fútbol y la pelota que había en su interior, perteneciese a otro niño que al igual que a Alberto, le apasionaba ese deporte que yo tanto aborrecía. Alberto se puso en pie de inmediato, su boca seguía abierta y sus ojos tan redondos como mi balón. A contraluz contemplaba su silueta que se interpuso entre el balcón y yo dejando colar esa luz de la mañana que me molestaba en los ojos.
—Qué te parece? Para que puedas jugar con el Alberto al fútbol —me dijo el padre de Alberto con una cara de satisfacción más deslumbrante que la luz que entraba por el balcón.
Miré a mis padres para saber si ellos habían tenido algo que ver con semejante despropósito, pero pude ver en sus caras que eso había sido cosa de los reyes. Malditos capullos! Con el tiempo me enteré de que, dado que se celebraba ese día en común, un poco a lo hippie, los padres de Alberto se ocuparon de uno de mis regalos (la pelota) y los míos de uno de los de Alberto (el equipo de futbolista); vaya... un toma y daca para hacer más amena la festividad y para que eso de compartir tuviese más sentido.
Alberto seguía molestando ahí en pie, cada vez se me acercaba más, invadía mi espacio y todo parecía indicar que quería hacerse con mi pelota. Aún no había desenvuelto su segundo regalo. Su padre, presa de una ilusión desmedida trató de infundirme un amor hacia el fútbol mostrándome el gran valor que tenía mi pelota. La agarró bajo uno de sus brazos, tomó mi mano y me llevó hasta el pasillo. Alberto detrás de mí sin perder ripio. En mitad del estrecho pasillo colocó el balón y lo chutó con suavidad en dirección al recibidor; la cortina lo detuvo en su trayectoria. Se acercó a la pelota y nuevamente la colocó en mitad del pasillo.
—Ahora tú. Dale un chute bien fuerte! —dijo el padre de Alberto.
Le miré a él y miré la pelota. Creo que no entendí nada de qué era todo aquello, así que me giré en dirección a mi fuerte que estaba en el comedor esperando mi regreso. Las manos del padre de Alberto me tomaron por la cintura y me levantaron del suelo. En volandas me llevó al otro extremo en el que se hallaba el balón.
—Ya ves que si quieres ir a buscar el fuerte... no vas a tener más remedio que darle un chute a la pelota —me dijo sin perder ni por un momento esa expresión de felicidad en su rostro. Una expresión típica de alguien que cree haber dado en el clavo—. Alberto... ponte de portero! —añadió.
Ignoro que hacía Alberto colocado allí en mitad del pasillo impidiéndome el acceso al comedor. Tampoco sé que pintaba aquella pelota a escasa distancia de mis pies, ni que intenciones tenía el padre de Alberto a mis espaldas y jaleándome para que realizase no sé que tipo de ceremonia de iniciación ritual. En cualquier caso, yo lo tuve claro; el pasillo era estrecho, pero conseguí colarme entre el espacio que había entre la pelota y la pared para reanudar mi interrumpido viaje al comedor. Quedaba un obstáculo por vencer ya que Alberto permanecía allí obstruyendo el paso, pero todo fue más fácil de lo que en principio se podía prever. Alberto estaba tan alucinado de que alguien se negase a chutar un balón que esa pose que había adoptado de portero infalible ocupando el pasillo, se había convertido en un encogerse de hombros mirando a su padre y dejándome el espacio libre. Así que me dirigí a mi fuerte y lo empecé a montar con la ayuda de mi padre y con una mirada que me lanzó de absoluta complicidad.
—Alberto, aún no has abierto tu segundo regalo —dijo su madre—. Miquel ven a ver que le han traído los reyes a tu hijo! —gritó llamando a su marido que aún permanecía en medio de aquel pasillo y en un lamentable estado catatónico.
Y efectivamente... los reyes se habían equivocado hasta el punto de que se empezó a manifestar en mí un sentimiento claramente republicano.
Alberto lucía en sus manos un precioso envase de cartón y plástico que contenía un plateado y flamante revolver 31 de la casa JOAL. Una pistola metálica con las cachas encarnadas y un blister en el que aparecía ilustrada una cabeza de búfalo, una placa de sheriff y una espuela. El complemento perfecto para el gorro de Cow-boy y el chaleco negro que me pondría cada vez que jugase con mi fuerte y mis soldaditos de marca desconocida, pero eso si... de madera de la buena.
Mientras contemplaba esa pistola de juguete, Alberto no estaba boquiabierto ni tenía los ojos redondos como platos, era evidente que la pelota... mi pelota, le había hecho mucha más ilusión, de modo que me planteé la posibilidad de realizar un trueque. Corrí de nuevo hacia el pasillo en dirección al balón. El rostro de Miquel se iluminó y resplandeció más que ese sol de invierno que cada vez se colaba con más intensidad a través de los cristales del balcón.
—Anda!, Dale!, Chútala fuerte! —gritaba.
Su expresión se tornó en la noche más negra cuando vio que mi intención no fue otra que la de agarrar la pelota con las manos y correr con ella en dirección a Alberto para entregársela, librarme de ella para siempre y sustituirla por el revolver 31 de JOAL.
En un primer momento Alberto no cayó en la cuenta y no se lo pensó dos veces al entregarme la pistola para poder aferrarse a ese balón con ambas manos, tan fuerte que parecía que se trataba de un apéndice más de su propio cuerpo. Lo malo es que tampoco tardó mucho en reaccionar y tratar de recuperar su revolver tomando el balón con un brazo, apretándolo contra su pecho y extendiendo su mano libre solicitando la pistola con una impertinente insistencia. Alberto quería la pelota, pero no estaba dispuesto a deshacerse del revolver aunque tampoco se tratase de algo que le hiciese especial ilusión.
Miré a mi entorno en busca de respuestas y vi a mis padres con una sonrisa dibujada en sus caras, pero en un rictus como de apuro que quería decir: “no es tuya cariñito”. Juani, la madre de Alberto miraba alternativamente a mis padres, a su hijo y a mí sin saber que actitud tomar, y Miquel estaba sumido en un síndrome postraumático ante la visión de que un niño frente a una pelota, no había querido propinarle un chute.
Alberto seguía acercándose a mí, y si nadie lo impedía ese tipo acabaría arrebatándome la pistola y a ver luego quien le arrancaba la pelota que ya estaba prácticamente incrustada en su cuerpo. Lo cierto es que me importaba más bien poco dónde pudiese terminar la dichos pelota, pero el revolver de JOAL ya estaba en mis manos, ya había conseguido incluso sacarlo del blister y mientras daba pasos hacia atrás alejándome de Alberto podía sentir sus cachas encarnadas al tacto de mi mano, su peso debido a su material metálico y ese olor a juguete nuevo que me cautivó.
El balón iba dando botes por el suelo, cada vez con menos ímpetu hasta que finalmente se detuvo frente a la puerta de una habitación. Alberto murmuró algo... estaba completamente tendido en el suelo y con los brazos abiertos, yo me hallaba sobre él con mis rodillas clavadas en su pecho y con la pistola de JOAL apuntando entre medio de sus cejas. Con mi dedo pulgar levanté el martillo con suavidad, el tambor del revolver 31 giró hasta que un “crick” le detuvo en el lugar donde debería hallarse una supuesta bala. Mi dedo índice acarició el gatillo mientras cerraba mi ojo izquierdo tratando de tener buena visión con el derecho a través del punto de mira. Alberto me miraba desconcertado y bizqueando ligeramente ante la presencia metálica y plateada del cañón de la pistola sobre su nariz.
—No des un paso más forastero! —le dije—. De lo contrario, me veré obligado a disparar en tu entrecejo y volarte la tapa de los sesos.
Nadie supo de dónde había sacado yo esa frase que recité al más puro estilo John Wayne, posiblemente la habría escuchado anteriormente en casa de mis tíos que por aquellos tiempos eran los únicos que tenían tele, y sin duda me debió impactar del mismo modo que impactó a Alberto y a todos los allí presentes.
Levantarse el día de reyes para lanzarse sobre los regalos tiene el inconveniente de que no pasas antes por el lavabo para hacer un pis, así que Alberto, aún en el suelo y bizqueando, empezó a orinarse encima empapando el pantalón de su pijama y formando un charquito que se dirigía hacia su bolsa de chuches.
Nuevamente salí en volandas, pero esta vez fue mi padre quien me agarró de la cintura y me llevó hacia un rincón del comedor para soltarme una buena reprimenda. Juani se apresuró a levantar a su hijo del suelo y a recoger la bolsa de chuches antes de que la meada la echase a perder. Mi madre volvía de la cocina con el mocho en las manos y dispuesta a limpiar el estropicio, y Miquel... bueno, Miquel seguía tratando de averiguar el inescrutable misterio del niño que no quiso chutar un balón.
Empezó a armarse una buena: mis padres ordenándome que le devolviese el revolver a Alberto mientras yo les respondía abriendo fuego con la pistola descargada y escondido detrás del sofá a la vez que les alejaba de mí a gritos: “Largo de aquí pieles rojas! Os haré morder el polvo de la llanura!”. Juani regañando a su hijo por haberse meado y gritándole para que saliese de debajo de un armario en el que se hallaba apostado y nuevamente aferrado al balón. Por un momento hubo un disloque tremendo en esa casa; mis padres tratando de rodearme por ambos lados del sofá, yo saltando sobre él “No lograréis atraparme! Moriré con las botas puestas!”. Juani con el palo del mocho intentando sacar a Alberto de debajo del armario y Miquel en un rincón y con la mirada perdida. Vamos... que ni el mismísimo Gary Cooper se las vio tan difíciles en “Solo ante el peligro” como nos las vimos Alberto y yo aquella mañana de reyes.
Por fin Miquel salió de su estado de trauma y puso paz con unas sabias palabras.
—No cabe duda de que los reyes han cometido un error. No creéis familia? —miró al resto de adultos que se detuvieron en su empeño de capturarnos.
—Vamos a ver —prosiguió Miquel—. Estoy convencido de que esa pistola era para esta especie de vaquero que no levanta tres palmos del suelo, pero que está claro que nunca le dará una patada a una pelota. Mientras que la pelota no puede ser para nadie más que para alguien que de mayor será portero del Español. No? Clicar esta imagen Todos asintieron y aceptaron el error de los reyes. Alberto y yo empezamos a salir de nuestros escondites y a aproximarnos de nuevo el uno al otro. Él seguía aferrándose a la pelota temeroso de que se la fuese a quitar y yo iba apuntándole con la pistola no fiándome un pelo de que aceptase el cambio.
El resto del día transcurrió estupendamente bien. Una vez recogidos los trastos nos dirigimos todos al 2º 2ª, a ese piso de enfrente, que era el mío, y que no estaba al revés como el de Alberto y en el que su abuela y la mía habían preparado un comida especial que consistía en pollo, una botellita de cava y un roscón de reyes. Comimos todos juntos mientras que Alberto le contaba a su padre no sé qué acerca de un joven que en un futuro próximo sería jugador del Español y que se llamaba Solsona. Yo iba cerrando mi ojo izquierdo para apuntar bien con el derecho y tener bajo el punto de mira de mi pistola a todos cuantos habían en la mesa “Detente Toro Sentado!... he visto caballos tuyos galopando por la pradera!”. “John Dillinger, ya te dije que nunca debiste cruzar el mississippi!”. Mi padre iba soltándome algún que otro capón para hacerme callar, al parecer mis soliloquios de legendario forajido interrumpían la conversación que estaba manteniendo con Miquel y que giraba en torno a un tipo muy malo, que mandaba y que se llamaba Franco. Mi madre y Juani hablaban de colegios, de que las vacaciones de Navidad se terminaban y de que había que comprarnos algo de ropa con no sabían que dinero. Las abuelas, mientras, hablaban de muertos y de enfermedades. El sol que había aparecido por el balcón de la casa de Alberto, empezaba a desaparecer ahora por el mío mientras que las mamás recogían los platos de la mesa y los papás sacaban copas y una botella de coñac.
Recuerdo muchas comidas y cenas en casa de Alberto o en la mía, todos reunidos como siempre y pasándolo bien. Lo que no logro recordar es si volvimos a festejar otro día de reyes juntos.
Créditos de las imágenes: Todas las fotografías mostradas en esta entrada pertenecen a la infancia del legendario forajido conocido como: "El Kioskero del Antifaz". Imágen nº 6.- Pistola de la casa Joal. Colección particular. Videos pertenecientes a las series de televisión que vimos durante los años 60 y 70: "El hombre del rifle", "Bonanza", "El Virginiano", "Jim West", "El Gran Chaparral".
Ahora que me veo convaleciente de mi tendinitis en el codo, y con mi brazo derecho inmovilizado, me acuerdo de esos domingos de los años 70 en el campo con nuestros padres, tíos y primos. Las mesitas y las sillas de camping, el vino con gaseosa, las tortillas de patatas, los libritos de lomo. Los SEAT 600 y los 850 Especial iban cargados hasta los topes de neveras portátiles, fiambreras de la casa Tupperware, vasos y platos de Duralex en colores verde y ambar, y de críos. Un montón de críos en cada coche en dirección al deseado “día de campo” y sin elevadores, sillitas ni cinturones de seguridad.
Y como no, me acuerdo de que una tendinitis nunca se solucionaba ni con inmovilizaciones ni con infiltraciones. Cualquier mal tenía su cura inmediata con aquellos botiquines setenteros que nuestros padres llevaban en la guantera del coche y que contenían: alcohol, agua oxigenada, mercromina, sulfamidas, vendas, esparadrapo de la marca Imperial, algodón, tiritas y el infalible Calmante Vitaminado.
Cualquier trompazo, arañazo, caída con voltereta incluida, etc, tenía su remedio aplicando unas gotas de alcohol, unos polvos sulfamidas para prevenir infecciones, una venda sujetada por una tirita y un Calmante Vitaminado para evitar el dolor.
Por si eso fuera poco; nosotros regresábamos a casa vendados y llenos de mercromina hasta las orejas, tal y como si hubiésemos mantenido una refriega contra alguna guerrilla revolucionaria, y con nuestro calmante entre pecho y espalda, pero siempre, absolutamente siempre... algún tío se había pasado de vueltas con el vino, la gaseosa o con el brandy Soberano, y alguien de la familia le administraba también el calmante vitaminado de turno.
—A ti qué te duele tío? —preguntábamos.
—A mí?... A mí no me dfuele naaadza —respondía el tío con una sonrisa socarrona y la nariz colorada.
Y es que claro..., ya lo decía el anuncio: “Beba sin temor. Ya todo ha pasado con Calmante Vitaminado”.
Así que ni controles de alcoholemia, ni leches; el tío cargaba de nuevo el coche con un puñado de críos y emprendía el viaje de regreso a la ciudad aunque llevase un pedo del quince. Como mucho, en alguna curva tomada un poco en Zig-Zag, se le acercaba una pareja de la guardia civil, le hacían detener el coche, bajar la ventanilla, y le saludaban con ese: “Güenas tardes... Documentassión”. El tío sacaba los papeles del coche de la guantera, los guardia civiles veían el botiquín, miraban el interior del vehículo -que más bien parecía un parvulario en día de excursión- y ya consideraban que el tío era un señor responsable. Además... si su aliento echaba un poco de pestazo a Brandy Soberano, su categoría aumentaba a la de “macho ibérico”, ya que eso... “era cosa de hombres”. Le despedían con un: “Güen viaje, caballero” y en marcha de nuevo.
Total, que ya estoy harto de reposo, voy a mandar al carajo mi vendaje, mi cabestrillo y voy a pillar una borrachera de tres pares. Luego me tomaré un Calmante Vitaminado y a trabajar que ya va siendo hora.
Me parece a mi que esto de la tendinitis... no es más que otra excusa que se buscan los médicos de hoy en día para evitar que los viejos botiquines de los años 70, les dejen sin curro.
Debo confesar que en la génesis de este blog creí que estaría más sólo que la una. Mi intención no era otra que la de colgar fotografías de mis objetos de colección setenteros acompañadas de imágenes que pudiese ir rescatando de aquí o de allá. También tenía previsto añadir algún texto y así, proporcionarme una excusa más para hacer eso que tanto me gusta y que es contar historias. El hilo temático del blog me permitía escribir mis relatos y compartir mis recuerdos dándoles una coherencia argumental en base a un tema que me sirviese como denominador común entre todos ellos: Los setenta.
Más de 11.000 visitas y de 60 seguidores en apenas nueve meses de existencia. Un buen montón de comentarios que se han convertido en grandes aportaciones y a través de los cuales se han compartido anécdotas y recuerdos con los que espero que todos nos hayamos divertido, y que han contribuido a conocernos un poco, aunque la mayoría, no nos conocemos en realidad, pero vaya... ya casi.
Creo que el interés que despiertan los años 70 en la actualidad, surge de la nostalgia de los que a día de hoy ya tenemos cierta edad, y que pese a la infancia exenta de libertades en la que nos tocó vivir, prevalece por encima de todo el hecho de que fuimos niños; etapa que sólo se vive una vez y que sólo puede seguir presente y permanecer ahí gracias al esfuerzo de muchos por no olvidar.
Las fotografías que muestro en esta entrada pertenecen a una mínima parte de mi colección particular. Algunos de los objetos ya han sido presentados en este blog, y en ocasiones asociados a algún relato inspirado en algún recuerdo rescatado de mi memoria. Como se puede apreciar quedan aún muchísimos objetos y un montón de historias que compartir, de modo que si les parece bien y desean acompañarme en este viaje en el tiempo, seguiremos en ello.
El arco iris, tan celebrado en los años 60 y 70 por los movimientos hippies, y en la actualidad por los colectivos gay, ha sido siempre un símbolo de algo tan deseado, necesario y en cierto sentido utópico, como la unidad en cualquiera de sus sentidos.
Deseado y necesario porque, lo queramos o no, estamos condenados –felizmente condenados- a vivir en comunidad. Utópico porque a pesar de los siete colores que componen el símbolo, hay quien se obceca en ver sólo uno cayendo en radicalismos y provocando tensiones ante la convicción de que está en poder de la verdad absoluta.
Tratar de ver los siete colores del arco iris, e incluso, mirar más allá de él, es un ejercicio al que deberíamos ir acostumbrándonos, ya que todo aquel que vive bajo el símbolo, pero en un solo color... suele ocultar perversiones muy negras.
Resulta cómoda la tendencia que la sociedad se auto impone y que consiste en dividir las cosas en blancas o negras, izquierdas o derechas, así o asá. Para aquellos que escogen una u otra significa, a mi juicio, una engañosa postura de compromiso, ya que representa que “pertenecen” a un colectivo determinado que reivindica “algo útil para todos”, y tras una mani, una concentración, o una reivindicación, se van a sus casas con las conciencias tranquilas ya que consideran haber formado parte de algo positivo. Luego, los hay que bajo distinta premisa, pero con la misma convicción, reivindican la fórmula diametralmente contraria, pero con idéntico grado de compromiso con su postura que los anteriores.
Ya lo dijo el poeta Joan Salvat Papasseit: “La verdad es un espejo roto en mil pedazos y del que cada uno de nosotros tiene un trocito”.
A aquellos que no adoptan una postura, que no “se comprometen”, que no ejercen de un modo activista o agitador, o que simplemente... contemplan la vida pasar, se les dice eso de que “no se mojan”, y se les dice en un tono abiertamente despectivo. Acaso hay algo malo en querer contemplar al arco iris en toda su plenitud? Tan moralmente reprobable es aquella persona que mira los trocitos del espejo roto y opta por no quedarse con ninguno? Creo que como postura es más compleja y mucho más difícil, ya que lo fácil es formar parte de un grupo gregario al que representar y por el cual se pueda uno sentir representado.
Antes vivíamos en una España en un absoluto blanco y negro dominada por una dictadura y en la que no se nos daba mayor opción.
Ahora vivimos en una España en un relativo color en la que todos tenemos derechos, pero en la que como siempre... unos tienen más derechos que otros.
Dicho esto, “me voy a mojar” y voy a reivindicar algo (que guay... que comprometido me siento).
El diagnóstico ha sido tendinitis y el resultado la inmovilización de mi brazo derecho; mi herramienta de trabajo. En un primer estado bastará con eso, pero si la inmovilización no surte efecto habrá que pasar a una nueva etapa que implicará infiltraciones y demás historias. Durante la semana que permaneceré con mi brazo inmóvil no podré trabajar, algo que a un autónomo le supone pasar una semana sin producir, ergo sin ingresos, sin derecho a baja laboral (o tan escasa que es francamente ridícula) y sin nada ni nadie que le cubra o le proteja. Todo ello implica dar explicaciones a los clientes, provocarles retrasos en sus calendarios, y quieras que no... quedar mal con ellos. Los autónomos, por regla general, tenemos la virtud de ser de los pocos colectivos laborales en no caer nunca enfermos, pero cuando nos toca, no sólo no recibimos la más mínima compensación, sino que encima... quedamos como el culo en nuestra labor como proveedores. La inmovilizción significará también un impedimento a la hora de jugar con mis hijos, de acariciar a mi mujer, de moverme libremente, etc, etc. El ciclista que me arrolló, eso si, continuará moviendo sus rastas al viento, sobre su bici y por la acera, no vaya ser que se desgaste o se estropee ese carril bici que el ayuntamiento les ha puesto para uso exclusivo de sus necesidades.
Dicho lo cual; reivindico: (Sin que por ello a los ciclistas se les quite su pleno derecho de circular por las calles y se les faciliten todo tipo de instalaciones para su propia seguridad y para la de cuantos les rodean. Es decir: derechos para todos).
Que el ayuntamiento exija a los ciclistas una licencia como las que son de uso obligado para los usuarios de ciclomotores y para los cuales no es (o era) necesario el carné de conducir, pero que cuanto menos, necesitaban de dicha licencia para circular.
Que todas las bicicletas (sobretodo las del "Bicing") lleven algún tipo de matrícula o identificación VISIBLE a través de la cual, un peatón atropellado pueda realizar su denuncia pertinente y ejercitar su derecho a quejarse. A día de hoy, y por regla general, un ciclista es un tipo anónimo que si no se detiene ante un incidente por él provocado y se identifica, no es más que un ser “fantasma” con la absoluta libertad de andar a sus anchas sin importarle lo demás.
Que la guardia urbana, o a quien corresponda, multe a los ciclistas que teniendo un carril bici a una distancia inferior a la longitud de sus pollas, se empecinen en circular por la acera con esa prepotencia con la que el ayuntamiento les ha obsequiado.
Que las bicicletas del servicio "Bicing" puestas por el ayuntamiento, y por extensión, todo tipo de bicicletas, pasen por unas revisiones más constantes y eficaces, de modo que sus frenos, sus luces, dirección y demás, estén en perfecto estado y no supongan un riesgo para el resto de los ciudadanos.
En lo referente a la mención que hice en mi entrada anterior sobre los progres... sabrán perdonar, pero hay tantos de ellos (porque de todo hay) que están tan concienciados, liberales y reivindicativos, que se pasan al otro extremo de los que son tan conservadores y fascistas, y como ya sabemos por aquello de la teoría de la pescadilla que se muerde la cola... los extremos se tocan.
Me soplan por aquí que toda reivindicación debe ir acompañada de su correspondiente lema y / o consigna, no obstante, como que no quiero que esto de reivindicar se convierta en una costumbre en mi, pasaré del lema, no vaya ser que al final me termine hasta gustando.
Por último, como estamos a viernes y no puedo trabajar y tampoco habrá ente público o sindicato que me represente o que vaya a cubrir mis pérdidas, aquí les dejo con una bonita canción que me ha dejado absolutamente relajado siempre y que va muy bien para que todos los colores del arco iris fluyan ante nuestros ojos con absoluta naturalidad.
Se trata de un tema escrito en 1772 por John Newton, que mira tú por donde, pasó de ser un esclavista inglés a convertirse en cristiano y a defender los derechos de los negros. El tema ha sido versionado una y otra vez por los grandes monstruos del Soul y de la Música Gospel, pero la versión que les dejo se trata, como no, de la de los años 70 e interpretada por el único: Elvis Presley.
Y tranquilos; con suerte se tratará de mi última reivindicación en este blog y se seguirá manteniendo el buen tono del que hasta ahora se ha caracterizado, pero joder! Exijo mi derecho también a cabrearme de vez en cuando ;-)
Créditos de las imágenes: 1) Happy Dreams by: Pastel-Kisses. 2) Willadena on Phtobucket. 3) Origen desconocido. Descargada de Internet. 4) Carátula del LP "Hits Greatest Sacred Performances" Elvis.
Qué te gusta más del Kiosko, y de qué entradas te gustaría que hubiesen más? Puedes seleccionar más de una respuesta.
NOTA PARA OLVIDADIZOS
Ser niño es una etapa en la que uno puede quedarse si quiere. No hay ninguna ley que lo prohíba, y para ello... no hay más que cerrar los ojos con fuerza y pedirlo con convicción.
No hay nada malo en hacerse mayor; al contrario, pero el único pecado real que existe, es el de borrar al niño que fuimos de nuestra memoria.
Cuando niños, vivíamos intensamente el apogeo de nuestra infancia y disfrutábamos ingenuamente de una vida en una sociedad que nos tocó un tanto extraña. No obstante, la felicidad de aquellos momentos vividos en familia, juguetes, programas de televisión y mil cosas más, no nos hacía caer en la cuenta de que vivíamos en un país privado de libertades y de derechos mínimos.
En nuestra adolescencia, el ansia por hacernos mayores y convertirnos en hombres, nos hacía correr más aprisa que el que era, por entonces, nuestro presente. Todos esos recuerdos de niñez quedaron olvidados en desvanes, armarios, altillos e incluso, en la mayoría de ocasiones, fueron tirados a la basura o regalados a primos, amigos o hermanos menores. A nosotros, eso nos importaba más bien poco, al contrario... nos suponía ver como nuestra niñez se largaba de nosotros y dejaba paso, a empujones, al hombre que deseábamos llegar a ser.
Durante la juventud, uno ya estaba por otras cosas. No sólo había que hacerse con un futuro laboral y luchar por los anhelos profesionales, sino que además, se imponía la necesidad de encontrar una pareja, y mientras, por el camino, ir recalando y probando. No era plan de en noviarse a la primera de cambio y perderse la oportunidad de una temporadita locamente promiscua.
Entrados en los cuarenta las cosas se ven de otro modo. Con suerte, probablemente nos hallamos en la mitad de lo que serán nuestras vidas y quizá por eso, es momento de hacer un alto en el camino, vivir el presente, seguir peleando por ese futuro, casi siempre incierto, pero ya con una importante perspectiva de pasado. En ese recorrido mental por ese pasado, es cuando nos gustaría “atrapar” parte de ese tiempo y vivirlo de nuevo con el conocimiento y la experiencia de ahora, pero... como éso no es posible, lo mejor, es recuperar esa parte del pasado y tratar de vivirlo con la emoción, las ganas y la ingenuidad de entonces.
Éso y no otra cosa es lo que nos sucede a los nostálgicos. Éso y no otra cosa es lo que nos hace estar... atrapados en el tiempo. Bendito tiempo.
El Kioskero del Antifaz.
En busca de las seis etapas esenciales de la vida:
Una infancia feliz.
Una adolescencia promiscua.
Una juventud exitosa.
Una madurez serena.
Una vejez lúcida.
Una muerte digna.
El Kioskero del Antifaz.
EL ÁLBUM DE FOTOS
Me equivoco si afirmo que todos estos recuerdos son comunes para la mayoría de nosotros?
A dormir pequeñin
Vamos... que uno acababa de llegar a este mundo y en lo único que pensaban nuestros progenitores era en hacernos dormir. El pretexto era que ellos necesitaban hacer lo mismo, pero... Quién en su sano juicio iba a desperdiciar tantas horas durmiendo con todo lo que había por ver?
La hora del baño
Siempre era inoportuna, siempre nos pillaba a destiempo y nos apetecía más cualquier otra cosa antes que la hora diaria del baño. Nuestros padres nos llenaban la "bañera" de juguetes de plástico con los que entretenernos; a veces esa táctica daba resultado, pero otras... no.
La hora del paseo
Nos encantaba que nuestros padres nos sacasen a pasear. Sin duda hubiese sido una experiencia mucho más gratificante si no fuese porque se empeñaban en ponernos siempre... esos dichosos gorros :-(
El poema de Navidad
En la escuela nos enseñaban un poema de Navidad que nosotros recitábamos en familia. Yo aún recuerdo uno de ellos que decía más o menos así: "Ya vienen los reyes por el arenal y al niño le traen oro, pan, vino y pañal. Oro le trae Melchor, incienso Gaspar y olorosa mirra le trae Baltasar".
De bruces con la realidad
De pequeño ya aprendí que siempre hay alguien que tiene las pelotas más grandes y que la competencia en la vida iba a ser dura.
Yo tuve un SIMCA
"Que difícil es hacer el amor en un Simca 1000, en un Simca 1000..." Ya lo decían los Inhumanos en su canción... Si, si, pero eso llegó algo más tarde, lo que realmente era bonito era... jugar con él ;-)
Cuando mi Simca se estropeaba era posible arreglarlo con escasos conocimientos de mecánica, pero es que entonces, nuestros juguetes no llevaban microchips.
También tuve un triciclo
Ya por aquel entonces las suelas de mis botas estaban llenas de polvo y de asfalto. Harley-Davidson's Kid... así me llamaban los que bien me conocían y sabían de sobra que era un tipo duro.
El estrecho balcón que servía de lugar ideal para nuestros juegos representaba para nosotros algo más que la legendaria Ruta 66.
La merienda
No es que hubiese mucho para comer, pero nunca faltaba una buena rebanada de pan con Nocilla para dejar la tripa llena.
Cumpleaños feliiiiizzz...
Por qué negarlo? Aunque ahora éso de cumplir años sea, para algunos, un engorro; de pequeños era motivo de fiesta y gran alegría: la tarta, invitar a los amigos, recibir regalos... siempre caían baratijas de kiosco a manos llenas, algún que otro juguete "de los caros", y como no... la típica tía que siempre nos regalaba ropa pensando que nos haría ilusión. Y evidentemente que por aquel entonces nada de "Happy Birthday", lo que se cantaba entonces era el "Feliz, feliz en tu día..." de los Payasos de la tele, faltaría más!
Los parques de atracciones
Una nube de algodón de azucar, una vuelta al Tio-Vivo, cuatro topetazos en los autos de choque y media docena de caramelos del tiro-Pichón, con eso... éramos los niños más felices de la tierra. Ahora no, ahora si no les llevas a Dineylandia no son nada. Los muy...
Los parques de columpios
Ya por aquellos tiempos se practicaban los deportes de riesgo de los que tanto se habla ahora. Quizá no estaban de moda el Puenting y el Rafting, pero el Toboganing... éso eran palabras mayores!
Montar en ése columpio al que me llevaba mi abuela alguna tarde, siempre fue para mi como cabalgar a lomos de mi caballo y atravesar las Montañas Rocosas.
Wild West
Todos queríamos ser Cow-Boys, desenfundar a gran velocidad nuestro Colt-35 de Joal y decir aquello de: "Ya te dije que no quería volver a verte a este lado del Mississippi... forastero"
Los veranos en la playa
Nosotros nos bañábamos en el mar y nos rebozábamos en la arena, mientras nuestras madres montaban las toallas y las sombrillas y nuestros padres gritaban eso de: "Que vienen las suecaaassss!!"
Los veranos en la piscina
Algunos veranos tocaba ir de "Ruta por España", pasar unos días de hotel, sumergirse en la piscina y ponernos morenitos con el sol de agosto. Yo llevaba siempre conmigo mi piragua hinchable de color verde con la cual flotaba en el agua de las piscinas, pero esa era sólo la realidad. En mi imaginación era un temible pirata que a bordo de su galeón surcaba los mares del sur. Por cierto... perdonarme si en la foto... os doy la espalda.
Los veranos en el pueblo
Los veranos en el pueblo quizá son los más gratamente recordados. Muchos de nosotros pasábamos parte de nuestras vacaciones en el pueblo de alguno de nuestros padres (concretamente yo iba al de mi padre; un pequeño pueblo bañado por las aguas del río Ebro). Allí vivíamos nuestras primeras experiencias en casi todo, nos reencontrabamos año tras año con nuestros amigos, y cargábamos las pilas para el regreso a la cotidianeidad de la ciudad.
La vuelta al cole
Terminadas las vacaciones, con nuestro plumier nuevo y nuestros zapatos "Gorila" recién estrenados, nos disponíamos a volver al cole y a respirar de nuevo ese aroma que era una mezcla entre lápiz de madera, goma Milán de nata y bimbollo de la casa Bimbo
Y llegaron ellas... Las mujeres!!
El primer contacto solíamos tenerlo con las primas; y claro, "cuanto más primo... más me arrimo".
Seguidamente les tocaba el turno a las vecinas. Terete fue mi primera novia (Bendita inocéncia). Era mi vecina y sus padres y los míos se hicieron amigos y nos hicieron pasar muchas horas juntos.
Paseábamos con los elementos imprescindibles que nos asegurasen una buena tarde: un juego de lanzar aros, una comba, un Madelman y... la atenta mirada de nuestras madres.
Ellas llevaban siempre la voz cantante, y bastaba un deseo suyo para que nosotros estuviésemos "a sus órdenes"
Un día ella te dice "Deja de llamarme Terete, me llamo Tere" (se empieza a hacer mayor y tú sigues siendo un crío). Sus padres se mudan a otra parte de la ciudad, se termina todo contacto, y llega... aissss... el primer desengaño amoroso.
La pandilla
Los inseparables que nos pasábamos el día jugando a los piratas, a indios y vaqueros y reviviendo innumerables aventuras con los Madelman y épicas batallas con los soldaditos de Monta-Plex. De izquierda a derecha: Laura, Alberto, el Kioskero del antifaz y Miguel Ángel.
I'm the king of the world!
Desde nuestra infancia, veíamos el futuro como algo alcanzable. Bastaba con estirar bien el brazo... y atraparlo!